Conflicto estancado, pueblo olvidado

Sandra Suárez Berlanga 

En 1975, mientras Franco agonizaba y España palpaba con la yema de los dedos una deseada transición política que traería las ansiadas libertades propias de un país democrático, Hassan II, por aquel entonces rey de Marruecos, orquestó la conocida como Marcha Verde por la que 350.000 marroquíes cruzaron la frontera con el Sáhara, para adueñarse de un territorio hasta el momento bajo dominio español. Comenzó así una larga y complicada lucha del pueblo saharaui por alcanzar una independencia y soberanía que hasta hoy no son más que una perversa utopía.

Si el 6 de noviembre de 1975 Marruecos transgrede las fronteras del desierto, el 15 de ese mismo mes y tras la firma del conocido como Acuerdo de Madrid, entre España, Marruecos y Mauritania, el Sáhara queda en manos de Rabat y de su vecino mauritano. Al mismo tiempo, el Frente para la Liberación del Pueblo Saharaui, conocido como Frente Polisario, proclamará el nacimiento de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), hasta hoy no reconocida por la ONU.

La guerra entre el Polisario y los países colonizadores estalla sin dilación y los refugiados saharauis huyen hacia Argelia donde permanecen actualmente en los campamentos de Tindouf en unas condiciones más que cuestionables.

Los enfrentamientos se suceden sin descanso y en 1979 Mauritania renuncia a su parte del Sáhara. Por su lado, Marruecos acepta en 1981 la celebración de un referéndum de autodeterminación del Sáhara Occidental que nunca se ha llegado a celebrar y por el que, si la situación no cambia radicalmente, aún tendremos que esperar bastante tiempo.

No sería hasta diez años después cuando se decretaría el alto el fuego auspiciado por Naciones Unidas gracias a la creación de la bautizada como MINURSO (Misión de Naciones Unidas para el Referéndum en el Sáhara Occidental). Por aquel entonces se estableció el 26 de enero de 1992 como fecha para la celebración el ansiado referéndum. Sin embargo, los constantes boicots de Marruecos hacia la labor de la MINURSO junto a la controversia sobre la elaboración del censo que debería participar en la votación echaron por tierra las esperanzas saharauis de alcanzar un estado soberano.

La cuestión espinosa del censo es más relevante de lo que en principio pudiese parecer, puesto que de ella depende el éxito de la votación. Se calcula que hay unos 300.000 saharauis, de los que 120.000 viven en territorio marroquí y cerca de 180.000 en los asentamientos argelinos, de los que 87.000 podrían votar. Pero también debemos contar con el derecho a sufragio de unos 130.000 marroquíes de los 200.000 que viven en el Sáhara y con los que Rabat pretendería inclinar el resultado de la consulta a su favor. Los desacuerdos sobre qué personas tendrían derecho a figurar en el censo hicieron imposible la celebración del plebiscito. 

Lo siguiente: más anuncios de referéndum y más aplazamientos en lo que ha venido siendo un macabro bamboleo de esperanzas y sueños echados por tierra ante la pasividad de unos y la indiferencia de otros. En 1997 se nombra a James Baker como representante especial de la ONU para la resolución del conflicto. Así nace  en 2001 el Plan Baker que fracasará ante la total oposición del Frente Polisario y de Argelia puesto que toda opción de independencia quedaba prohibida.

En 2003, un Baker desgastado presenta el “Nuevo Plan Baker” que contemplaba la conversión del territorio saharaui en una autonomía marroquí durante los cuatro años siguientes. A continuación se celebrarían elecciones autonómicas y posteriormente se produciría un referéndum de autodeterminación. Como no puede ser de otra manera Rabat se cierra en banda y la MINURSO debe seguir prorrogando su presencia en la zona.

Los intereses en juego son muchos. Marruecos no renunciará de ninguna manera a las ricas minas de fosfato del norte del Sáhara, así como al petróleo, al gas y a los prolíficos bancos de pesca del sur. Los agentes internacionales se encuentran divididos. Por un lado, Estados Unidos apoya a Marruecos, de hecho la multinacional estadounidense Kerr-McGee creó acuerdos con el reino alauí para extraer petróleo frente a la costa saharaui, así como también lo hizo la francesa Total Fina Elf. Por otra parte, Fusion Oil, empresa británico-australiana, firmó en 2002 un tratado de cooperación con la RADS para analizar el potencial de su crudo.

En medio de todo el conflicto está España. Nuestro país vendió a finales del pasado año 2006 abundante material militar a Marruecos. Esta transacción fue vista desde una óptica bélica por parte de los dirigentes saharauis hasta el punto de que el embajador de la RADS en Argel, Yeslam Baissat, llegó a declarar que “queda claro que la nueva agenda política española en la región es una agenda en guerra”.

Sin embargo, tal afirmación me parece del todo exagerada. Sin querer menospreciar la intensidad con que los protagonistas directos viven el conflicto, la postura de España, a mi modo de ver y, sobre todo, a raíz de la pasada VIII cumbre hispano-marroquí que llevó a Zapatero a Marruecos el 5 de marzo del presente año, podría traducirse como diplomáticamente correcta, y me explico.

Ante el plan redactado por Marruecos para la resolución del conflicto y que el país africano debe presentar en abril a la ONU, España mostró su apoyo porque “podría generar una nueva dinámica de diálogo para superar el impasse actual y progresar sobre esta base con el objetivo de conseguir un arreglo de este contencioso que asegure el principio de autodeterminación”. No conocemos los pormenores del documento pero, evidentemente, podemos augurar que no refleja la posibilidad de la independencia del Sáhara. Por tanto, Zapatero da por bueno cualquier intento de relanzar el proceso aunque este sea parcial.

En la misma línea, el ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, escribió en El País una importante reflexión “España tiene alguna responsabilidad política respecto de este conflicto, pero lo que no tiene es la llave de la fórmula final de la solución. Ésta corresponde solamente a las partes”. Efectivamente, España no tiene la solución, pero sí podría ayudar de una forma más contundente a conseguirla. Hay ciertas ocasiones en las que, como en esta, la cordialidad con todos no es posible. No se puede quedar bien con todo el mundo cuando está en juego el futuro de personas inocentes y anónimas que son las últimas a tenerse en cuenta en esas reuniones de altos cargos y maletines llenos de falacias inhumanas.

Porque allí en Tindouf, olvidadas en el desierto, entre la arena y las jaimas, entre el frío extremo y el calor insoportable, miles de personas malviven ajenas a lo que otros deciden por ellas, preguntándose para qué coño sirve la carta de Naciones Unidas si ningún miembro de las mismas se la ha leído nunca.

2 Comentarios a “Conflicto estancado, pueblo olvidado”

  1. elmallorJín Says:
    Abril 14th, 2007 at 4:57 pm

Me quedo con las dos últimas frases. Contundente y cierto.

  1. Francisco Says:
    Abril 29th, 2007 at 1:29 pm

Para hacer un análisis correcto y emitir un juicio de valor cierto sobre el fenómeno del Sahara, y no problema, porque éste surge una vez Marruecos ha mostrado voluntad de adjudicárselo de manera unilateral, habría que conocerse la totalidad de la documentación suscrita por las partes. Hoy lo que conocemos son los cometarios de prensa y alguna que otra declarción a los medios por alguno de sus protagonistas, todo lo demás son sólo deducciones que sirve para relatar los episodios de ese drama, hecho en una época de tránsito en la historia de España. Luego en el período de la Transición lo mismo que en la época actual, los políticos se ha limitado a jugar con los sentimiento de un pueblo abandonado desde un principio, por los mismos franquistas. Ahora ese abandono precipitado análogo al que Zapatero protagonizó en la guerra de Iraq sin respetar los acuerdos suscritos por España con otros Estados,no ha hecho más que darno problemas, a causa del vacío de poder que se dejó tras el abandono del Sahara. La consecuencia natural es todo lo que nos está pasando, y sobro todo cuando la cobardía se viste de progresismo cuando del poder sólo se hace una forma de hacer dinero y de la política de Estado una amera entelequia.Lugo la teocracia marroquí se crece y amplía sus aguas jurisdicionales, estando los pesqueros españoles obligados a abandonarlas, incluso las amplía para que sus confines invalide las que les correponde a las mismas islas canarias. Todo una heroicidad y gran visión en plítica exterior de los políticos progresistas incluso demócratas. Tras ello viene el alud de invasiones al territorio español de pueblos del Äfrica negra, del mogreb, de Asia y de islamitas. El vacío de poder español se ha convertido en un
gran agujero negro en política en trance de poner en peligro su propia existencia, como nación y como Estado independiente, pero el meloso lenguaje eufemístico lo
atempera limando todas sus asperezas, fabrinado una nueva realidad que sólo existe en los estrecho confines de una clara cobardía, que por cierto, no tine nada que ver con la democracia o la paz aunque sí bastante con el pacifismo. El resultado de todo ello es que España cuenta ahora con un millón de musulmanes, una extensa red de mezquitas que los articulas, y la amenaza del terrorismo islámico en el interior de su propio territorio, cuando antes todo eso estaba fuera de sus fronteras, y además con amenazas concretas de reivindicaciones sobre su territorio , como ha hecho Al Qaeda. Y mientras tanto,el Sahara sigue estando como cuando fue abandonada.

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