Libia: apertura, pero menos

Luis Pérez

Han pasado ya más de tres años desde que la ONU levantara las sanciones contra Libia y abriera sus puertas al régimen de Muammar Gaddafi.

Fue la recompensa a la “conversión” del líder libio, que a finales de 2003 pasó de “paria” a “amigo” de Occidente con un par de decisiones trascendentales. El coronel aparcó los ataques contra Occidente, renunció a las armas de destrucción masiva y compensó a las víctimas de los atentados terroristas en los que se implicó a agentes libios. La carambola perfecta – dicen algunos- para reintegrar a su país en la comunidad internacional y, de paso, asegurarse de que nadie tocaba su silla.

Hay quien sostiene que Gaddafi no quiso correr la misma suerte que Sadam Hussein, derrocado meses antes para acabar con las armas químicas que supuestamente escondía, y que siguen sin encontrarse. Fuera por miedo o por simple estrategia, lo cierto es que Gaddafi, la pesadilla de Occidente en los 80, el “perro rabioso de Oriente Próximo”, en palabras de Ronald Reagan, sacó a su país del ostracismo en que estuvo sumido durante más de una década. El certificado final de “buena conducta” lo dio el año pasado el Departamento de Estado de Estados Unidos, cuando sacó a Libia de su lista negra de Estados que patrocinan el terrorismo.

¿Qué ha cambiado desde entonces? Básicamente, el régimen de Gaddafi ha emprendido una leve apertura económica, pero no da signos de reforma política. Tras casi 4 décadas de economía centralizada, comienzan a liberalizarse sectores como la telefonía móvil. Además en Trípoli se multiplican las tiendas con las últimas tecnologías. Crecen los centros comerciales y familias enteras se apuntan a un frenesí consumista al final de cada jornada de trabajo. Las antenas parabólicas proliferan y ya no se esconden en tanques de agua. Y por los más de cien canales que entran en los hogares libios se cuela una corriente de aire fresco que deja en mínimos la audiencia de la televisión estatal.

El propio Gaddafi reconoce que Libia no puede vivir al margen de la globalización. Pero los cambios no son tan sustanciales como querrían las grandes empresas europeas y estadounidenses. Un ejemplo: Libia tiene un enorme potencial turístico, dos mil kilómetros de costa levantina que mira al Mediterráneo. Y sin embargo, las empresas extranjeras se enfrentan a varios problemas para impulsar el sector: conseguir un visado de turista sigue siendo un proceso lento y costoso, faltan infraestructuras y falta, sobre todo, coherencia en el rumbo del gobierno, que a finales de febrero decidía eliminar el Ministerio de Turismo mientras clamaba a los cuatro vientos que necesita inversión extranjera.

Así que hay cambios, pero limitados, y en todo caso sólo en el marco económico. No hay atisbos de que Gaddafi, 37 años en el poder, emprenda a corto plazo una apertura política. A principios de Marzo el líder revolucionario, el oficial beduino que con 27 años acabó con la monarquía del Rey Idris, dejaba claro que todo funciona muy bien, y que lo que va bien, no se toca. Gaddafi defendió, ante decenas de periodistas extranjeros, entre ellos un equipo de TVE, el modelo que ideó hace justo 30 años: la Jamahiriya o “Estado de las masas”. Es un sistema político único en el mundo. Se basa en miles de congresos polulares que se reúnen de manera periódica, y en el que los libios deciden libremente qué rumbo, qué decisiones debe tomar el gobierno. Sus críticos afirman que este modelo de “democracia directa”, como lo llama Gaddafi, esconde una férrea dictadura militar con el coronel al frente.

Lo cierto es que oficialmente, Gaddafi no ocupa ningún cargo en el gobierno. Es simplemente el “Líder de la Revolución”. Pero todos saben que desde ese puesto, en teoría honorífico, Gaddafi toma las grandes decisiones del país. El régimen lo controla todo. No hay partidos políticos, los sindicatos y los medios de comunicación son oficiales y las organizaciones de derechos humanos independientes brillan por su ausencia. Y al hablar con la gente de la calle la figura de Gaddafi se asemeja mucho a un Dios. Muy poca gente lo ha visto en persona y nadie lo llama por su nombre. Pronunciar “Gaddafi” en público es buscarse problemas. Todo el mundo lo conoce como “El líder” o “El Hermano Líder”.

Pues bien, ese Hermano Líder es hoy un fiel aliado de europeos y americanos. Y lo es básicamente por dos factores:  1) El petróleo: Libia tiene las novenas reservas del mundo. El crudo libio es además de buena calidad porque apenas necesita refino, y está en una zona menos conflictiva que el explosivo Golfo Pérsico. Además, los petroleros que salen de Libia alcanzan los puertos de Europa en menos tiempo que los que parten del Golfo. Y Gaddafi, al menos hasta ahora, cumple lo pactado. Libia ofrece mayor seguridad jurídica a las petroleras que muchos países latinoamericanos. 2) El control de los islamistas radicales: Gaddafi mantiene muy controlada a la oposición islamista. El régimen controla las mezquitas e impide que se escuchen discursos de imanes radicales. Además Libia ha pasado de Estado terrorista a fiel aliado en la lucha contra el terrorismo. El régimen de Gaddafi mantiene a raya a los islamistas y ha impedido que al Qaeda penetre en su país. Motivos suficientes para que nadie presione a Gaddafi más de lo conveniente, porque el viejo líder, el antiguo revolucionario, el omnipresente coronel, es un hoy, más que nunca, un paria de vuelta al redil.

Un comentario a “Libia: apertura, pero menos”

  1. Alberto Says:
    Marzo 18th, 2007 at 11:47 pm

Es curioso comprobar como los mismos (EEUU) que catalogaron a Sadam como terrorista cuando dejó de comportarse como un amigo y empezó a hacerse fuerte gracias al petróleo, ahora traten a Gadadfi como a un amigo, sólo porque vende bien sus recursos energéticos, cuando en su día lo tacharon de terrorista.

Gran artículo.

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