El punto en la “i”. La palabra “terrorismo”

Miguel Ferrá Catalá 

Si el Estado sabe cómo utilizar el lenguaje adecuado, puede convencer a su pueblo para que cometa los actos más atroces. El aparato de “relaciones públicas” de Estados Unidos, con el Pentágono a la cabeza, es capaz de desarrollar un conjunto de herramientas lingüísticas para fabricar el consentimiento del pueblo y el apoyo necesarios para sus políticas tanto interiores como exteriores. Aunque estas herramientas no siempre son perfectas, como muestran las movilizaciones pacifistas contra la guerra de Vietnam o las más recientes contra la última guerra en Irak en su cuarto aniversario.

Para lograr ese consentimiento “democrático”, el Estado debe ejercer un control sobre el lenguaje que escucha y las imágenes que ve la población, de ahí que se negara el acceso de los medios de comunicación a las acciones de Estados Unidos en Panamá, Irak o Afganistán, entre otros. Hay un motivo por el cual Carl Rove es la persona más importante de la Administración Bush (según Noam Chomsky): es un experto en relaciones públicas encargado de fabricar las imágenes.

De acuerdo con una de las leyes básicas de la propaganda bélica, es necesario personificar al enemigo (satanizando su imagen), enseñar al “otro” (peligroso e irracional), al responsable del desorden mundial que amenaza la estabilidad, demostrando que la actividad bélica es en defensa propia, así se logrará la guerra total y prolongada sin acciones contrarias al uso de la fuerza militar. Así es como el Alto Mando del Pentágono reemplaza, en “Principios fundamentales de la disuasión tras la guerra fría”, al enemigo rojo por los Estados delincuentes o fuera de la ley como Irak, Cuba o Sudán. “Aunque la guerra fría ha terminado, Estados Unidos todavía tiene la obligación de proteger el mundo…” pero ¿protegerlo de qué? Para modificar las actitudes y percepciones públicas de la población civil, la diplomacia estadounidense conduce la dirección política y la guerra psicológica de legitimación de la aplicación intensiva de la fuerza militar a través de las campañas de información y propaganda, de acuerdo con los intereses y objetivos de seguridad militar.

Un claro ejemplo de cómo el lenguaje puede ser utilizado para producir consentimiento es el uso del término terrorismo. Curiosamente, no existe en ninguna parte definición alguna propiamente dicha de terrorismo, pero en el colegio me enseñaron que las palabras y las ideas que se hacen pasar por una “realidad” objetiva o neutral, cuando en realidad expresan los intereses reducidos de un grupo dominante, reciben el nombre de ideología. Y, precisamente, el concepto de terrorismo parece ser un ejemplo de ideología muy efectivo porque la opinión pública en general ha aceptado la definición promovida por la élite política estadounidense, sin saber ni siquiera cómo se creó el término. Pero, llegados a este punto, la pregunta no es “¿Qué es exactamente el terrorismo?”, sino “¿Qué es el terrorismo como para que se le pueda declarar la guerra?”.

Una declaración clave del ex-Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, publicada en el New York Times (27 de septiembre de 2001) poco después de que EE.UU. comenzara los bombardeos en Afganistán, no contenía nada parecido a una definición, pero volvía a “justificar” la guerra contra “el ataque del terrorismo a nuestro modo de vida”.

El ex-embajador estadounidense John Negroponte no ofreció definición alguna de terrorismo en el debate extraordinario de la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre “Medidas para eliminar el terrorismo internacional”, celebrado la semana del 1 al 5 de octubre de 2001. Representantes de ciento setenta naciones condenaron los actos de terrorismo del 11 de septiembre sin llegar a saber, o a acordar, qué estaban debatiendo o qué estaban condenando… Negroponte habló en su lugar de “barbarie”, “caos” o “la oscura antítesis de la luz que todos queremos ver en los albores del nuevo milenio”.

Lo único que distingue al terrorismo de otros actos de violencia política depende de quién lo esté definiendo (o no definiendo). Cualquier definición explícita de terrorismo podría utilizarse para identificar y condenar las acciones de Estados Unidos y muchos de sus aliados: ¿Violencia utilizada para conseguir fines políticos? La guerra de Vietnam; ¿Violencia perpetrada por agentes no estatales contra un Estado soberano? Los contras nicaragüenses; ¿Violencia cometida por un gobierno no democrático contra su propia población? La represión en Latinoamérica por los dictadores adiestrados por EE.UU.; ¿Violencia diseñada para provocar el pánico entre una población y presionar a su gobierno? El bombardeo de Hiroshima y Nagasaki; ¿Violencia dirigida contra civiles inocentes? El bombardeo de un Hospital de Cruz Roja Internacional en Afganistán; ¿Violencia utilizada para conseguir fines económicos? La guerra de Irak.

Para evitar definiciones, los representantes del gobierno estadounidense saben que la mejor manera de eludir del todo el problema es localizar el terrorismo directamente en los individuos contra los que se pretende focalizar periódicamente la ira pública: Arafat, Jomeini, Saddam, Bin Laden…  Cuando el objetivo es un país, liderado por un terrorista, como el caso de la invasión de Irak, la guerra estaba más que “justificada” por diferentes razones que nunca llegaron a cumplirse: la pertenencia ilícita de armas de destrucción masiva, la relación de Saddam Husein con Al Qaeda, el 11 de septiembre y Osama Bin Mohamed Bin Laden, y la amenaza inminente para la seguridad de Estados Unidos. “Tenemos que detenerles ahora o ellos nos destruirán mañana”. Con razones así es “fácil” conseguir el consentimiento de un pueblo que se sabe temiblemente amenazado y sin más elección.

La palabra abstracta terrorismo, con un significado tan amorfo (o carente de él), demuestra la manera en que una compleja decisión geopolítico-militar obtiene el apoyo de muchos sin la necesidad de comprender el significado específico de nada.

Cuando nos colocamos a merced de las palabras, nos colocamos a merced de las personas que utilizan esas palabras para controlar el pensamiento y la acción públicos. Por eso debemos tener siempre en cuenta que nosotros controlamos nuestras palabras y nuestros conceptos.
La palabra es libre.

2 Comentarios a “El punto en la “i”. La palabra “terrorismo””

  1. GCO Says:
    Marzo 19th, 2007 at 1:39 pm

Hay un problema mayor. Hay que diferenciar, fundamentalmente, entre dos conceptos muy diferentes: Guerrilla y terrorismo. Y es especialmente importante por muchas razones, pero la principal es que la forma de combatir a una manifestación de violencia política u otra, es muy distinta. Es más, utilizar la táctica militar anti guerrilla es especialmente contraproducente en el caso de un movimiento terrorista. Lo normal es que provoque un resultado contrario al esperado. Para combatir a una guerrilla, la táctica militar empleadad, mejor o peor, pero la única efectiva, es la utilización del ejército. Resulta impensable que en España, por ejemplo, invadieramos el País Vasco para combatir a ETA, pues todos sabemos cuál sería el resultado: Legitimaríamos a ETA socialmente y podríamos convertirla en una guerrilla.

Por otro lado, hay que diferenciar entre una táctica terrorista puntual utilizada por una guerrilla en un momento dado, y una estrategia continua y por lo tanto, razón de ser y objetivo, que es lo que utiliza un grupo terrorista.

POr eso, el problema, como muy bien sugiere Miguel -y esa es una de las victorias de la visión neoconservadora,pero ya existente desde la administración Reagan- es que en todos lados empezamos a utilizar la palabra “terrorista” más como un adjetivo descalificativo político que como un sustantivo que fije objetivos y características de una determinada manifestación de violencia política. Esa deformación me parece especialmente irresponsable, en tanto en cuanto provoca una confusión social, política y militar, y abre las puertas para todo tipo de políticas, normalmente poco relacionadas con la lucha contra el terrorismo. Por ejemplo:La expresión “Guerra al terrorismo” es del todo absurda , la mayoría de las veces contraproducente. Bajo su paraguas se han hecho cosas que lo único que han conseguido es un gran retroceso en la lucha antiterrista. Terrorismo no es todo, no es toda violencia política. No existe definición porque no interesa politicamente, es mucho más rentable acomodarlo a los intereses particulares. Este artículo me parece especialmente importante porque saca a relucir un montón de errores internacionales y nacionales. Es muy importante establecer las diferencias y hay que dejar el populismo aparte, que ultimamente nos invade en todas las áreas.

  1. Catuxa Says:
    Marzo 31st, 2007 at 10:43 am
    La raíz de muchos males es la ignorancia. Ser libre significa poder elegir. Para poder elegir, hay que tener conocimientos y una actitud permanente de apertura a lo novedoso y desconocido. Una vez estudiando y asimilado, dejará de serlo, y será entonces cuando podamos emitir un juicio de valor. Las palabras juegan un papel muy importante en este proceso. No hay que absorverlas sin más, sino analizar los significados y las connotaciones que implican. Por desgracia, son muchos los países “desarrollados” que están repletos de ciudadanos-rebaño.
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