La larga sombra de Jomeini (I): Los orígenes de la influencia iraní. Jomeini como punto de inflexión

Gonzalo Caretti Oria 

“Tras la ocultación de Imam Mahdi,  los Shi‘as pensaron que la duración de la ocultación sería corta. (…) Más tarde, al prolongarse la ocultación, los musulmanes sintieron la necesidad de erigir un liderazgo conveniente.” Ruhollah Jomeini.

La reciente “Crisis de los Marines británicos” ha puesto en evidencia la nueva dimensión de poder que está alcanzando Irán. El país de los ayatollah’s se ha enfrentado al Reino Unido de una forma abierta, directa y sin complejos, y mostrando un control absoluto de la situación. Esta “insolencia” política con la que se ha comportado Irán durante casi dos semanas es, quizás, reflejo de algo de lo que parece haber tomado conciencia: Teherán se está convirtiendo en una subpotencia regional, y su intervención es cada vez más determinante en el desarrollo de los conflictos de Oriente Medio. Su  influencia resulta muy difícil de ignorar. Pero ese camino comenzó hace ya varias décadas, y tiene un autor intelectual: El Ayatollah Jomeini.

Ruhollah  Jomeini fue quizás la personalidad más influyente y determinante de la historia reciente de Oriente Medio. Desde el triunfo de la Revolución iraní, en 1979, la configuración y mentalidad de la región ha cambiado mucho. Jomeini despertó el orgullo perdido de la comunidad chií, al tiempo que  provocó esos miedos en occidente que llevaron a las potencias a aliarse y reforzar posiciones con todo tipo de personalidades y regímenes singulares para buscar un contrapeso geoestratégico: Desde dictadores laicos y pseudos-socialistas, como Saddam Hussein, hasta reyes de corte medieval como los de la casa Saud. La república islámica de Jomeini ha conseguido sobrevivir a treinta años de enfrentamientos y aislamiento, y ahora empieza a configurarse como una subpotencia regional influyente. Esa pretensión ya estaba en la misma naturaleza de la Revolución Iraní, allá por 1979.  Y es que Jomeini, el “Gran Ayatollah”, buscaba algo más que una revolución nacional: Su misión, su visión, era acabar con la eterna Fitna, reunificar la Umma –comunidad islámica- y reestablecer el esplendor del Islam bajo la interpretación del Chiismo duodecimano.

La muerte de Hussein, hijo de Fátima y nieto de Mahoma, supuso el comienzo de la llamada Fitna, la separación de la comunidad musulmana en dos bandos irreconciliables: chiíes y sunníes. Con la batalla de  Karbala en el año 680 y la decapitación de Hussein nació entre los Chiíes el concepto de martirio, que ha marcado a la comunidad durante toda su historia. Los chiies se convirtieron en perseguidos y apestados. Los vencedores de la batalla, la dinastía omeya y las sucesivas dinastías, persiguieron a esta comunidad por herejes, hasta tal punto que los clérigos permitieron a sus fieles esconder su verdadera religión para evitar ser asesinados.

Este sentimiento permaneció así durante muchos siglos, hasta que en 1979, el Ayatollah Jomeini rescató el orgullo perdido de su comunidad. Jomeini utilizó el concepto del martirio y le dio un nuevo significado: Se acabó esconder la religión, había que reivindicarla, vivir, luchar y morir por ella. La religión debía reinar, dijo en sus predicaciones en Nayaf (1963)  y lo recogió en su obra El Gobierno Islámico. El  camino a seguir lo marcaba el Wilayat Al Faqih, el gobierno del hombre de la Fe verdadera. Este concepto implica que la Fe debe regir en todas las áreas de la vida: la social, la económica, la política y la familiar. El Islam como sistema de vida completo. El tutor de ese gobierno sólo podía ser un verdadero hombre de Fe que conozca la legislación religiosa: el Waly al Faqih.

Alrededor de este concepto se creó en Irán una suerte de instituciones, perfectamente engrasadas y encargadas de dirigir y controlar todos los aspectos de la vida cotidiana. Se creaba así  un estado con todos los ingredientes del totalitarismo, esta vez con la religión como causa y objetivo último. Todo eso fue la mayor aportación de Jomeini a la creación de un estado islámico organizado y pragmático, pero, además, un cambio determinante para la región, en la que la Revolución Iraní se mostraba desde varias perspectivas. Por un lado, era un nuevo modelo, basado en la interpretación más rigorista del Corán, que se presentaba como una alternativa a los fracasados modelos nacionalistas, panarabistas y laicos. También era una revolución social para una comunidad desgastada por la pobreza, el intervencionismo extranjero, el expolio de los recursos naturales y el sanguinario reinado de monarquías despóticas. Además, era una reivindicación de independencia nacional que encontraba en el Islám  una bandera y su seña de identidad. Pero, sobre todo, era una reivindicación del papel que tenía que jugar una comunidad Chii, aunque minoritaria en la región, concienciada y organizada. Irán se convertiría en una plataforma desde donde el nuevo pensamiento Jomeinista lucharía por alcanzar una quimera tan antigua como el propio Islam: la unificación de la Umma, la comunidad musulmana, y la creación de un estado que se rigiera bajo la interpretación coránica y la Sharía.

Así pues, Jomeini y la revolución iraní sentaron las bases para un cambio drástico que superaba el ámbito geográfico de  Irán y apuntaba, también, a todo el mundo musulmán. Sin embargo, durante años esa ansiada pretensión por lograr ampliar esa influencia se ha visto frenada por sus múltiples enemigos, tanto árabes como occidentales: Estados Unidos y su embargo limitaron las capacidades económicas de un país rico en petróleo. Sus enemigos regionales, Saddam Hussein – dictador laico- y el régimen wahabí – rigorista pero sunní-  de  Arabia Saudí torpedeaban e incluso, en el caso de Iraq, guerrearon, contra el régimen de los Ayatollahs. El miedo a que se extendiera el pensamiento Jomeinista llevó a la Guerra de Iran-Iraq y a la continua pugna con Arabia Saudí. Sólo en Líbano, a través de Hezbollah, consiguió un cierto éxito en esa pretendida exportación del modelo iraní a los distintos países musulmanes.

Hoy día, el régimen iraní, cuya cabeza pensante es el Ayatollah Jamenei, y su portavoz Mahmud Ahmedinayad, empieza a conseguir la ansiada pretensión de convertir a Irán en una subpotencia regional. Tres factores fundamentales lo han hecho posible: La guerra de Iraq, el enconamiento del conflicto Israelo-palestino y la riqueza energética de Irán.

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