El amanecer del Dragón

Iván Sevilla García-Hierro 

Con una incipiente carrera espacial y al borde de inaugurar los que, dicen, serán los mejores Juegos Olímpicos de la historia, la que es ya cuarta economía mundial avanza imparable hacia el primer puesto de los países más ricos del planeta.

La entrada en 2001 en la Organización Mundial del Comercio (OMC) supuso para China el comienzo de su cuarta revolución económica. Revolución con mayúsculas si se tiene en cuenta que el pasado marzo la Asamblea Popular aprobó por primera vez la existencia de la propiedad privada: parece que los líderes chinos buscan un híbrido entre su ideología comunista y las prácticas capitalistas del resto del mundo. Una vía alternativa que pasa por la potenciación de las grandes empresas estatales mediante una mayor eficacia y siempre al amparo de la importación de tecnología extranjera. No en vano, al mismo tiempo que se aprobaba esa trascendental ley, la Asamblea decidía equiparar los impuestos que pagan las empresas extranjeras presentes en el país con los que se exigen a las nacionales. Dicho de otra manera: con el tiempo el aporte económico y tecnológico de las empresas extranjeras en el país servirá para alzar a las estatales.

Las pruebas de que China está creciendo de forma increíble son fáciles de encontrar. La más significativa es la que revela que el déficit económico por el que atraviesan los EE. UU. es sostenido principalmente por China. El país asiático posee en torno a 900.000 millones de dólares en reservas internacionales, de los cuales 300.000 son bonos del Tesoro de EE. UU. Pero hay otros datos a tener en cuenta. Las remesas de dinero que los trabajadores chinos en el mundo envían a su país se elevan a 12.000 millones de dólares, el 8% del total de remesas mundiales, según datos del Banco Mundial. Esto es debido a la facilidad con que se establecen empresarialmente en los países receptores. Claro ejemplo es España: en nuestro país habitan alrededor de 100.000 chinos, siendo las empresas que regentan en torno a 10.000. También podemos hablar del turismo (primer país asiático en recepción de visitantes) o de su población (1350 millones de habitantes), lo que le convierte en la mayor reserva mundial de fuerza de trabajo. Miremos desde donde miremos, China crece: se calcula que en 2020 su PIB será similar al de EE. UU.

Los factores de crecimiento, según revela el reconocido economista Ramón Tamames en su libro “El siglo de China”, son varios. En primer lugar, lo que se conoce como “tortugas de mar”: durante años, China ha enviado a estudiar a miles de compatriotas a las mejores escuelas del mundo  para luego convertirlos en los dirigentes de sus mayores empresas. De no llegar a los objetivos deseados, se recurre al “furtivismo”: contratación de los más destacados jefes de de las multinacionales foráneas haciéndoles ofertas difíciles de rechazar. Por otro lado, China es líder en inversión directa extranjera (IDE): en 2004 alcanzó los 57.000 millones de dólares, una cuarta parte de las de todo el mundo. En tercer lugar, frente a lo que pudiera parecer, la balanza económica china está equilibrada: vende (manufacturas) más de lo que compra (materias primas). La invasión de los productos procedentes del otrora Celeste Imperio es tal que han causado más de un problema. Basta con recordar las manifestaciones de 2004 en Elche motivadas por el cierre de algunas empresas del sector del calzado: en 2002 España importó 46 millones de pares de zapatos procedentes de China. El comercio exterior representa un 80% del PIB chino.

Tampoco hay que obviar el talento y la habilidad chinas para copiar cualquier producto. Sólo hay que ver cómo en 2004 la china Lenovo compró a IBM su negocio de venta de ordenadores personales después de años colaborando con la multinacional americana: Lenovo se convirtió así en el tercer fabricante de computadoras del mundo, eso sí, más baratos aunque con las mismas prestaciones. Pero esa capacidad tiene su lado oscuro: la piratería. En 2002 el 78% del material pirata confiscado en las aduanas de todo el mundo procedía de Taiwán, Hong Kong y China. Otro dato: según el Ministerio de Comercio de la República Popular China, éste país produce cada año 120 millones de productos audiovisuales y 500 millones de libros sin permiso.

Así las cosas, las escuelas de negocios están proliferando en China y el consumo ha aumentado de tal manera que la inversión en publicidad en el país asiático está sólo por debajo de la que se produce en Japón y en EE. UU. Y, por si fuera poco, la religión, principalmente budismo y taoísmo, también juega un papel importante ya que hace ver al hombre la dignidad del trabajo.

Pero, de mantenerse en esta dinámica, y guiándonos otra vez por el acertado estudio de Tamames, del que están extraídos la mayoría de los datos que nos sirven para hacernos a la idea de la magnitud del cambio, China va a tener que modificar muchas cosas. Ya he mencionado antes el intento de conseguir una economía mixta a caballo entre el capitalismo y el comunismo. Sin embargo, los derechos humanos, la desigualdad y la destrucción del medio ambiente son también frenos al correcto crecimiento del pueblo chino. Por no hablar de la ausencia de democracia: el Partido Comunista es el único que se permite, controlando todos los estamentos. O de la precariedad laboral: mano de obra infantil y 600.000 muertos al año por motivos laborales lo avalan.

Ejecución de hasta veinte veces más personas al año que el resto de países juntos, torturas habituales, política de partido único que implica la persecución de los opositores, represión a grupos religiosos (Falun Gong, Xinjiang, etc.) por miedo a que se conviertan en movimientos políticos, el caso del Tibet, falta de libertad de expresión y de asociación, control de Internet, y así podríamos seguir hasta enumerar todas las atrocidades que se perpetran en China. Aunque hay visos de cambio si tenemos en cuenta que desde 2004 la Constitución china afirma que “el Estado debe respetar y proteger los Derechos Humanos”. Un paso significativo ha sido la decisión del Tribunal Supremo de revisar desde el 1 de enero de este año y antes de su ejecución todas las penas de muerte. Y eso antes de que nuestra Vicepresidenta primera, María Teresa Fernández de la Vega, y aprovechando el tirón del año de España en China, haya ido al país asiático a, entre otras cosas, pedir la defensa de los Derechos Humanos.

La clase media china ronda el 20%, y el número de ricos iguala al de pobres: más de 500 millones de ciudadanos chinos viven por debajo del umbral de la pobreza, es decir, un 40% de la población. Más diferencias: en el primer trimestre de 2006 se invirtieron 23.600 millones de dólares en viviendas de lujo y sólo 775 en viviendas de bajo coste. Pero el panorama más desolador se presenta en sanidad: la mitad de los ciudadanos chinos no tienen acceso a asistencia sanitaria, siendo el cuarto peor país del mundo en este sentido; sólo el 25% de la población urbana y el 10% de la rural  dispone de algún tipo de seguro; el 75% del gasto sanitario se destina a la zona urbana; enorme proliferación de algunas enfermedades: hepatitis B (120 millones de casos), cáncer (350.000 casos anuales de cáncer de pulmón), etc.

El medio ambiente es el que más está notando el desarrollo de China. En este sentido hay que hacer referencia, sobre todo, a deforestación, corrupción del agua potable y contaminación de la atmósfera. Para ilustrar lo primero: 25 millones de chopos al año son convertidos en palillos para comer. Datos sobre el agua: 300 millones de personas de zonas rurales no tiene acceso a agua potable; en Pekín la gente bebe agua embotellada; cientos de miles de personas están enfermas por consumir agua con arsénico, flúor, etc.

Por lo demás, en China están siete de las diez ciudades más contaminadas del mundo. Algo fácil de creer si tenemos en cuenta el espectacular gasto de energía del país asiático. Es el segundo país que más petróleo consume del mundo y el año pasado se bebió el 15% de los recursos energéticos del planeta. Esto está provocando que busque desesperadamente relaciones comerciales con países que le garanticen suministro energético abundante y a buen precio. Algo que va ligado a hermanarse con estados considerados conflictivos por la comunidad internacional. China ha vetado en varias ocasiones, sirviéndose de su posición en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, resoluciones de condena contra estados socios como Sudán (conflicto de Darfur) o Irán (carrera nuclear).

El pasado noviembre se celebró en Pekín el Foro de Cooperación China-África, a la que acudieron líderes de 48 países africanos además de representantes del anfitrión. China prometió, entre otras cosas, cancelar gran parte de las deudas africanas, préstamos preferenciales, ayudas para la construcción de infraestructuras y la expansión del comerció con África hasta los 100.000 millones de dólares de cara a 2010. Todo ello con el firme objetivo de seguir extrayendo del continente negro parte de los recursos energéticos que necesita. No en vano, importa del África Subsahariana el 25% del petróleo y del gas que consume. Zimbabwe, Angola, Nigeria, Guinea Ecuatorial  y Sudán son los principales vendedores africanos de energía de China.  

El caso de Iberoamérica también llama la atención. Aún están en la retina las imágenes de Hugo Chávez en Pekín en agosto del año pasado. En un informe, redactado para el Instituto Elcano por el profesor de la Universidad de Londres Diego Sánchez, podemos encontrar cierta orientación sobre el asunto. China ha invertido  más de 400 millones de dólares en infraestructuras en Venezuela: 15 pozos petrolíferos, tecnología para la producción de gas, mejoras en los sistemas ferroviarios y de refinería, etc. En Brasil, Petrobrás, la principal empresa petrolífera del país, ha firmado acuerdos de colaboración con los chinos para expandir la producción de petróleo y construir un gaseoducto. Otro caso significativo es el de Bolivia: la china Shengli Internacional Petroleum Developmen Company planea invertir 1.500 millones de dólares en el sector del gas.

En Asia también hay vendedores. Rusia es el primer exportador de gas del mundo. En marzo, el presidente Hu Jintao viajó hasta Moscú. En la agenda tenía varios acuerdos energéticos, entre ellos el gaseoducto que cruza la frontera en la región de Xianjiang y por el que Rusia tiene previsto suministrar 30.000 millones de metros cúbicos de gas a China.

Estados Unidos no ve con buenos ojos el despertar del Dragón: le ve como un serio y duro competidor. Signo de ello es el apoyo que presta a Taiwán mediante el suministro de armas. La comunidad internacional no aprueba los métodos chinos: la acusa de ser una Nación que crece sin respetar los Derechos Humanos. En cualquier caso China sigue empeñada en vivir sin tener en cuenta las críticas. En vivir la vida como siempre lo ha hecho: según sus propias ideas. China cambiará como siempre ha cambiado: aislada, pero sólo lo justo. En la única rueda de prensa que ha ofrecido, en marzo, y ofrecerá en este año el primer ministro Wen Jiabao reconoció que su proceso de democratización, y por tanto de desarrollo, será diferente al del resto de países. Para frenar a los detractores, afirmó: “Desde mi punto de vista, la democracia, el imperio de la ley, la libertad, los Derechos Humanos, la igualdad y la fraternidad no son algo particular del capitalismo. Son valores comunes  que todos los seres humanos perseguimos”. La faltó añadir: “Pero cada uno a su manera”.

2 Comentarios a “El amanecer del Dragón”

  1. Eloy Says:
    Abril 24th, 2007 at 10:53 pm

Hola, Iván, Soy Eloy.
Bien vistos los pros y los contras del desarrollismo chino. Buen trabajo. Sólo un par de pequeñas puntualizaciones; la OMC es la Organicazión Mundial del Comercio, no del Consumo; 2007 es el Año de España en China, no de China en España; es el Instituto Elcano (todo junto)… Y, si acaso, precisar que si el PIB chino es enorme (y crecerá aún más), el problema es el PIB por habitante (todavía una miseria)… Pero, en definitiva, buen trabjo. Animo.

  1. Iván Sevilla García-Hierro Says:
    Abril 25th, 2007 at 11:03 am

Gracias Eloy. Corregidos los fallos …

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