El punto en la “i”. La palabra “libertad”

Miguel Ferrá Catalá 

El lenguaje  – rasgo humano que nos diferencia de los animales –  determina cómo vemos el mundo en general. La historia demuestra cómo el lenguaje determina nuestras percepciones.

En los inicios de la historia estadounidense la gente blanca aludía a la gente de tez oscura como primitivos o animales para justificar su esclavitud y explotación. Más tarde, aquéllos a quienes la Constitución Americana designó como humanos sólo en sus tres quintas partes fueron salpicados por el derecho a la vida y a la libertad. Hoy, los afroamericanos se asocian con el crimen, las drogas, la pobreza y la vagancia. El lenguaje crea nuestras percepciones. Lo que oímos (y lo que vemos) afecta significativamente a nuestra manera de ver el mundo y a personas concretas de ese mundo.

Tras el 11 de septiembre de 2001, la percepción lingüística vuelve a dar un giro y otorga un sentimiento diferente hacia cualquier persona que pareciera provenir de Oriente Próximo. El peligro volvía a aparecer asociado al color de la piel. El aumento de actos racistas en Estados Unidos después del 11 de septiembre demuestra la importancia de estas percepciones. Sólo un mes más tarde, la policía estadounidense había detenido a más de mil personas, la mayoría árabes o musulmanes, y en la mayoría de los casos sin cargos. Se trata de la mayor detención de un grupo racial en Estados Unidos desde el internamiento de japoneses americanos durante la II Guerra Mundial; 110.000 personas hacinadas en aldeas estratégicas (o campos de concentración) durante tres años por razones exclusivamente de etnia o raza.

El peligro de cualquier ciudadano estadounidense al viajar en metro es palpable cuando les acompaña un ciudadano de origen árabe en el mismo vagón. El daño está hecho. Las armas podrán hacer lo que hacen pero, las palabras, que fue lo primero que se cruzó, abrieron las heridas más profundas.

Árabes y musulmanes han sido vinculados con el terrorismo a través del lenguaje (al igual que lo fueran en el séptimo arte como reflejo de la realidad), por tanto, parece fácil vincular a todas las personas con esa tez o con ciertos rasgos corporales, como posibles terroristas. El lenguaje ayuda así a los gobiernos a fabricar el consentimiento para la incriminación de determinados grupos de personas o países. Nos basta el ejemplo del congresista John Cooksey, republicano de Luisiana, cuando sugirió que las autoridades detuvieran e interrogaran a toda persona con un pañal en la cabeza.
 
Un claro ejemplo de cómo el lenguaje puede engañar a la percepción de la realidad es el uso de la palabra libertad. El presidente de Estados Unidos, George W. Bush, mencionó los términos libre o libertad trece veces en una alocución del 20 de septiembre de 2001 ante una sesión del Congreso. La palabra libertad fue utilizada como recurso retórico impreciso cuando Bush dijo: Esta noche somos un país que ha despertado al peligro y ha recibido un llamamiento para defender la libertad.

Las primeras batallas de la guerra son con palabras. La propaganda norteamericana habla sucesivamente de cruzada, terrorismo y Yihad, pero también habla de justicia infinita, democracia o libertad. A raíz de la convalecencia del dictador cubano, Fidel Castro, el Departamento de Estado norteamericano expresó que trabajaría para la libertad de Cuba mientras sigue muy de cerca la situación que se vive en la isla. En su rueda de prensa diaria, el portavoz del Departamento de Estado, Sean McCormack, afirmó que el pueblo cubano aspira a y está sediento de democracia y, dada la oportunidad, elegirían un gobierno democrático…

La retórica de la libertad va intrínsecamente ligada a otros intereses estadounidenses (sin duda, el principal) a través de una transición significativa. El defender a Estados Unidos contra el terrorismo se equipara directamente con la expansión del libre comercio, también conocido como el comercio en libertad.  El 31 de octubre de 2001, el presidente Bush declaró: Confío en la capacidad de Estados Unidos para competir (…) quiero que al mundo le resulte más fácil comerciar en libertad, (…) sé que resulta beneficioso para la difusión de los valores estadounidenses que comerciemos libremente alrededor del mundo. En un discurso el 24 de septiembre de 2001, el representante estadounidense para el Comercio, Robert Zoellick, aclaró explícitamente la naturaleza económica de la guerra contra el terrorismo.

Una vez más, Estados Unidos se ha servido de un concepto abstracto para darle el significado conveniente según sus propios intereses (bien políticos, bien económicos). El verdadero trabajo de la libertad no radica en hacer la guerra  o en mermar los recursos energéticos sin restricción. La liberad política con la que cuenta el presidente George W. Bush se debe, en gran parte (nuevamente), a que se ha encubierto bajo la vaguedad conceptual de la libertad. Se necesita redefinir la libertad. Se necesita una definición de libertad que se centre en los derechos humanos, y no en la ideología dominante estadounidense.

Las actuales maniobras para restringir las libertades a fin de proteger la libertad y justificar la guerra, superan con creces todo lo vaticinado en la novela de Orwell, 1984. Según Laura Murphy, del American Civil Liberties Union, único miembro del Senado de Estados Unidos que votó en contra de la USA PATRIOT Act (cuyas siglas en inglés responden a Ley para unificar y fortalecer EE.UU. al proveer las herramientas adecuadas para interceptar y obstruir el terrorismo), este proyecto de ley sobrepasa en años luz las medidas necesarias para combatir el terrorismo. Incluidas en este proyecto de ley hay provisiones que permitirían el maltrato de inmigrantes, la supresión del disentimiento, y la investigación y vigilancia de estadounidenses completamente inocentes. Ésta es quizás la principal contradicción de la nueva doctrina de seguridad pública, cuyo modelo de aplicación táctica y de estrategia militar procura universalizar por todos los medios una cultura pública en la que, como escribiera Orwell, la guerra es la paz, y la esclavitud, la libertad.

Cuando nos colocamos a merced de las palabras, nos colocamos a merced de las personas que utilizan esas palabras para controlar el pensamiento y la acción públicos. Por eso debemos tener siempre en cuenta que nosotros controlamos nuestras palabras y nuestros conceptos.

La palabra es libre.

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