La batalla de Guatemala

Gonzalo Caretti Oria 

El Quixé guatemalteco es, quizá, una de las zonas más hermosas de América Latina. Sus selvas esconden profundos y ancestrales misterios; sus gentes, mayas humildes y nobles, guardan en sus retinas un aterrador secreto a voces.

No hablan, pero no olvidan – quién podría- las terribles escenas que vivieron hace no tanto tiempo.  Pesadillas escritas a sangre y fuego, su inocente sangre maya y el fuego de un delirante Estado que fijó su objetivo en ellos en plena guerra civil. Estos mayas aprendieron a guardar silencio, a llorar, sin hacer ruido, a sus víctimas, las de uno de los genocidios más dolorosos e insultantemente silenciados de cuantos podamos conocer. La historia ha querido que aquellas matanzas no queden del todo ocultas. Ahora, más de 20 años después, algunos de esos enfermizos planes militares, como el Plan Sofía o el Plan Victoria 82 vuelven a acusar con el dedo a los verdugos, después de que ya lo hiciera en su momento la Comisión de Esclarecimiento Histórico.

Corría julio del 82, y al frente del Estado Guatemalteco figuraba la férrea y salvaje mano de Efraín Ríos Montt. Tras el golpe de Estado por el que destituyó a Lucas García, el General se propuso hacer frente a una débil guerrilla de la forma más sanguinaria. Era una lucha sin cuartel y completamente desigual, aunque eso importaba poco. Para Ríos Montt “Guatemala necesitaba un cambio, y ese cambio consiste en imponer la voluntad al otro”. El otro terminó siendo una indefensa comunidad maya que apenas alcanzaba a entender qué estaba sucediendo y que, presa del pánico, huía a las frondosas selvas de las montañas en un desesperado intento por salvarse de las matanzas comenzadas hacía ya varios años. Pero ese julio del 82, según consta en los documentos, se iba a convertir, por orden del Comandante en Jefe del ejército y dictador del país, Rios Montt, en uno de los mas sangrientos de la historia guatemalteca. El ejército puso en marcha el llamado Plan Victoria 82, y su derivado, el Plan Sofía. El objetivo era “conducir operaciones de seguridad, desarrollo, contrasubversivas y de guerra ideológica en sus respectivas áreas, con el objetivo de localizar, capturar o destruir grupos y elementos”. Lo que traducido, viene a ser, dar muerte a tanto maya del Quixé como se encontraran por delante.

El plan Victoria 82 y el Plan Sofía constaban de operaciones específicas, asignadas a la Fuerza de Tarea Gumarkaj, que operaba en el departamento de Quixé. Su ideólogo fue un tal López Fuentes; sus superiores y autores intelectuales, el entonces viceministro Humberto Mejía Víctores y el Presidente Efraín Ríos Montt. Años después, pasada ya la tormenta, el informe de la ONU “Guatemala, nunca más” contabilizó 59 masacres cometidas en esa zona sólo en 1982. Esas eran las conocidas, quién sabe cuántas pudieron ser.

Estas operaciones sólo fueron la punta del Iceberg. Lo dijo la Comisión de Esclarecimiento Histórico, esa comisión de la ONU que estudió el Genocidio guatemalteco. Y aunque nunca se atrevió a citar a los culpables por sus nombres y apellidos, dejó bien claro que el ejército fue culpable del 90% de las masacres cometidas contra los mayas durante finales de los 70 y principios de los 80. Su represión fue atroz, espeluznante, casi con toda seguridad la peor de todas las que se vivieron en aquellos convulsos años en América Latina. 200.000 personas fueron asesinadas, en muchos casos torturadas y la mayoría de ellos eran indefensos indígenas mayas.  El número de desplazados es incalculable y aún hoy no se conoce la ubicación de muchas de las fosas comunes. Porque, en Guatemala, como se ha demostrado durante todas estas décadas pasadas, lo peligroso no es saber lo que ocurrió sino atreverse a contarlo.  Con impunidad campan a sus anchas, aún hoy, los residuos de lo que fueron los Escuadrones de la Muerte, antiguos sicarios al servicio de los dictadores que iniciaron estas represiones que ahora, reconvertidos en bandas del crimen organizado, se encargan de intentar evitar que se destape la pesadilla del pasado. En unas décadas en las que toda América Latina se encontraba inmersa en  continuas guerras civiles entre guerrillas de corte marxista y estados dictatoriales, Guatemala fue, por número de víctimas y por intensidad de represión, el caso más doloroso. Los mandatos de Efraín Ríos Montt y Lucas García fueron, de todos, los más sanguinarios. Otros nombres, como los militares Mejía Víctores o Aníbal Guevara,  tienen el perverso honor de figurar en estas listas con letras mayúsculas.

Ahora, algunos de los documentos de aquellas operaciones, como el Plan Sofía o el Plan Victoria 82,  han llegado a manos de la fiscalía, que nunca había tenido acceso a ellos. Protegidos por el Secreto de Estado, los documentos donde figuran las órdenes de esas operaciones permanecían intocables en los archivos del Ejército guatemalteco. Delia Dávila, Fiscal de Derechos Humanos de Guatemala,  ha sido la primera en recibir una copia de ellos, y algunos de los documentos, como los del Plan Sofía, acusan directamente a Ríos Montt no sólo de conocer, sino de ordenar la puesta en marcha de estas operaciones. Han tenido que ser unos querellantes particulares en el caso abierto por el genocidio los que, de forma de forma clandestina, consiguieran desempolvar los informes y sacarlos a la luz pública.

Pero la historia de la gran batalla de Guatemala contra los verdugos del genocidio se escribe  de forma lenta y, en muchas ocasiones, contradictoria. 14 años costó que, por primera vez, se condenara a unos militares por delitos políticos. Fue el caso por el asesinato de Myrna Mack, una joven antropóloga que volcó todos sus esfuerzos en restituir los agravios cometidos contra la comunidad maya, luchar por sus derechos y destapar todas las masacres posibles para que no quedaran en el olvido. Aquello le costó la vida, arrancada por veintisiete puñaladas de los llamados Escuadrones de la Muerte. Su hermana, Helen Mack, fue quien consiguió sentar en el banquillo de los acusados a no pocos militares ligados con su asesinato y logró la primera condena contra dos de ellos.

Pero la impunidad sigue siendo el gran mal endémico de Guatemala. Pese a contar con los papeles de la Operación Sofía, Delia Dávila, la fiscal de Derechos Humanos, se ha negado en rotundo a citar al General Efraín Ríos Montt y a su cúpula militar por su relación en el caso. Dice que no tiene certeza de que esos documentos sean verdaderos. Para poder salir de dudas, el pasado 31 de enero, el juez Roberto Peñate, magistrado que lleva el caso, ordenó al Ministerio de Defensa que entregue los documentos originales del Plan Sofía y el Plan Victoria 82. Sin embargo, el Ministro de Defensa, Ronaldo Cecilio Leiva ya ha manifestado su malestar, porque dice que esa orden judicial viola el artículo 30 de la Constitución guatemalteca que protege la confidencialidad en asuntos militares. Y mientras todo esto pasaba, uno de los actores y directores de la contienda, el que fuera Comandante del destacamento del Puerto San José en julio de 1982, Castellanos Góngora, fue acribillado a balazos por unos encapuchados, probablemente para que no pudiera testificar. Poco se sabe sobre su asesinato.

La lucha contra la impunidad sigue siendo esa gran batalla de Guatemala. Lucas García ya ha muerto. Mientras, Ríos Montt, a quién en su momento, el ex Presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, llamó “Luchador por la Libertad”, cuenta aún hoy en Guatemala con el apoyo de su importante partido, el Frente Republicano Guatemalteco, con serias aspiraciones de lograr el poder. Y todo ello pese a que aún tiene varias causas abiertas por su responsabilidad en crímenes como el asalto a la embajada española en 1980. Nada parece impedir al dictador postularse como candidato a las próximas elecciones de Guatemala. Lo hace a sabiendas de que si consigue un escaño, gozará de la inmunidad que otorga  la Constitución a todo parlamentario, e impediría que fuese encausado, enjuiciado y encarcelado. El caso del Plan Victoria 82 y el Plan Sofía, unido a los que ya tiene abiertos en las instancias penales de otros países como España, podrían suponer un paso importante en el lento y difícil empeño por enjuiciar a los responsables de las matanzas de aquellos años. Más de 100 ONGs han instado al presidente de Guatemala, Oscar Berguer, para que agilice los procesos penales y se evite así que uno de los dictadores más sanguinarios de la historia latinoamericana logre la inmunidad parlamentaria. Doscientos mil mayas asesinados están esperando una respuesta.

5 Comentarios a “La batalla de Guatemala”

  1. Juanra Says:
    Abril 23rd, 2007 at 11:10 am

Es inconcebible que ciertos politicuchos asesinos no puedan ser juzgados por sus crímenes. Alguien debería revisar esa tan injusta impunidad que, en algunos casos, pasa por encima de los derechus humanos y de la justicia internacional.

  1. GCO Says:
    Mayo 2nd, 2007 at 3:51 pm

Un paso adelante. El tribunal Constitucional ha negado a Rios Montt el derecho a postularse como candidato para las elecciones presidenciales. Lo siguiente debería ser una citación para juzgarlo por su responsabilidad en los crímenes durante el Genocidio.

  1. Natanel Korman Says:
    Febrero 26th, 2008 at 6:58 pm

pienso que debe que haber reconciliaciòn y hay que olvidar estos hechos, eso era una guerra y los militares actuaron en defensa de su estado.

  1. Mino Says:
    Febrero 27th, 2008 at 8:47 pm

ESTO NO SE PUEDE OLVIDAR HAY QUE CONDENAR A ESOS MILITARES MALDITOS POR MATAR A TANTA GENTE….OJALA SE LOS TRABEN AHORA QUE VAN A ABRIR LOS ARCHIVOS DE LOS MILITARES…ESCRITO ESTA LOS MILITARES ARRUINARON GUATEMALA…

  1. Erica Says:
    Marzo 13th, 2008 at 8:57 am

Justicia es lo que se debe pedir, porque si olvidamos el pasado. en el futuro tendremos a los mismos sanguinarios de mandatarios. Personas que no sanben que es perder un ser querido o que no vivieron de cerca la guerra pueden hablar de olvidar.

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