No llores por mí, Argentina

Gonzalo Caretti Oria

Argentina sangraba  por sus cuatro costados, por sus cinco fronteras. Lloraba por la represión, por el hambre, por la miseria. Por la falta de futuro, de libertad, de esperanza. 

Era abril de 1982. Pocos eran los que aún permanecían ciegos ante el fiasco, ante la crueldad y el despotismo de aquella infame Junta Militar que gobernaba – o mejor aún, desgobernaba – el país a su antojo hace ahora un cuarto de siglo. Pero nada de eso importó aquél abril, durante esa insensata esquizofrenia colectiva, en ese desmadre de euforia patriótica que fue la invasión de las Malvinas. La Argentina de las victimas de Videla, de los más de 4000 muertos y 15.000 desaparecidos de la Junta, la del paro, la inflación, el hambre y la represión, se unió toda para apoyar – enemigos del gobierno incluidos- una aventura militar que desde el principio tenía sabor a tragedia. La izquierda europea no entendía nada.

Pocos días antes de la invasión, en la Plaza de Mayo, una manifestación se atrevió a desafiar al gobierno. Galtieri, el general al mando del país, la  reprimió con especial virulencia. La situación en el país era límite: la inflación ascendía hasta la desorbitada cifra del 90% anual. La recesión afectaba a todos los estratos de la sociedad y las clases medias se empobrecían a pasos agigantados. Tal era así que la crisis supuso la salida del gobierno del General Videla, el todopoderoso dictador militar, cuya época es tristemente recordada como la más sangrienta de la historia de Argentina. El poco apoyo social que respaldaba a la Junta era cada vez más efímero, y el gobierno militar estaba necesitado de un golpe de efecto para poder mantenerse el poder.

Y ese golpe llegó de la mano de un aventurado gesto patriótico, al que también se adhirieron las fuerzas de izquierda con un condescendiente silencio y en ocasiones, con cierto respaldo. Bastante tenían, hasta entonces, con tratar de debilitar a la brutal dictadura de la Junta. En un gesto que confundió al país, Galtieri rescató una demanda tan antigua como la misma Argentina: La soberanía de las Islas Malvinas, o las Falklan, como se las conocía en el Reino Unido. Las Malvinas son parte de un pequeño archipiélago situado en el Atlántico Sur que con la independencia de Argentina, pasaron a ser dominio británico. Eso fue en 1833, pero el pueblo argentino nunca olvidó esa pequeña deuda histórica, el olvidado archipiélago, herida del orgullo nacional, antigua sede de factorías balleneras donde el empresario argentino Constantino Davidoff desarrolló en el siglo pasado todo su negocio de chatarra, y pieza fundamental en el flujo de los movimientos geoestratégicos del Atlántico que se tejían en la sombría lógica de la Guerra Fría.

El cálculo que realizó la Junta argentina se mostró, a todas luces, insensato y equivocado, como el paso del tiempo demostró. Creyó ver en dos movimientos ingleses la motivación necesaria para ese atrevimiento: De un lado, el ministerio de defensa británico decidió prescindir de dos de sus portaviones en las islas – el HMS Hermes y el HMS Invencible-; del otro la recién aprobada Ley de nacionalidad británica relegaba a los ciudadanos de la Malvinas a un humillante segundo plano. El gobierno de Margaret Thatcher estaba debilitado por sus impopulares reformas neoliberales que implicaron grandes recortes sociales. Movimientos que hacían pensar que el Reino Unido no pelearía por unas islas que parecían no importarle. La dictadura argentina era uno de los socios más importantes en la región del Estados Unidos de Ronald Reagan, encuadrado en un contexto de guerra fría, y donde los aliados estratégicos eran casi tan importantes como el propio armamento. Eran los tiempos de la infame Escuela de las Américas, y de la Doctrina de Seguridad Nacional. El Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, un Totus Revolutum  de fuerzas anti-comunistas en el continente, y al que tanto Estados Unidos como Argentina pertenecían, dio a la Junta una falsa sensación de respaldo incondicional por parte de la potencia americana. La junta no se paró a pensar que, en su lucha  por el control del mundo de la Guerra Fría, la OTAN era mucho más importante para Washington.

Pese a que algunas manifestaciones de la Junta hacían presagiar el movimiento militar, nadie en la comunidad internacional pensó que Argentina se atreviera a dar el paso. El secretismo de la decisión alcanzaba incluso a su ministro de Exteriores, Nicanor Costa Méndez,  que se enteró de la operación el mismo día del desembarco. Por eso, por lo alocado del movimiento, aquella invasión, llamada Operación Rosario,  del 2 de abril de 1982 cogió al gobierno de Margaret Thatcher por sorpresa. Pocas horas tardaron los argentinos en tomar el control de las desprotegidas Islas. Tan pocas como tardaron los ingleses en romper relaciones diplomáticas. Comenzaron días de tensión internacional, de encuentros y desencuentros entre los dos países y las mediaciones de terceros. La organización de Estados Americanos mostró su apoyo a Argentina, y algunos países latinoamericanos, como Venezuela, apoyos más de palabra que de acción, porque esa batalla  diplomática la ganó, sin duda, el Reino Unido. La ONU condenó la invasión y exigió al gobierno argentino la inmediata retirada de las islas y la CEE suspendió todas las operaciones comerciales con Argentina. Comenzaban a llegar las represalias y atacaban dónde más dolía.

Estados Unidos se encontraba en una posición incómoda. El Secretario de Estado norteamericano, Alexander Reig, recorrió miles de kilómetros para intentar evitar un enfrentamiento armado entre dos de sus mayores y fieles aliados de la Guerra Fría. De poco sirvió, ni su mediación ni la del entonces Secretario General de la ONU, Pérez de Cuellar, que llegó a proponer una retirada de  ambas partes de las islas para poder llegar a una solución del conflicto. La inicial aceptación del Reino Unido de esta oferta – llena de trampas, porque el imperio británico ya preparaba la invasión- fue tomada por la Junta argentina como un gesto de debilidad y Galtieri se mostró inflexible. Ante miles de argentinos, obcecados por un orgullo patrio desenfrenado, el dictador proclamó que el país combatiría hasta las últimas consecuencias, mientras la prensa argentina, que informaba de la contienda con más pasión -irresponsable pasión- que realismo, le pedía que no aceptara la oferta de la ONU.

Fracasaron todos los intentos de evitar la guerra. El Reino Unido envió la mayor flota de invasión que se había formado tras la II Guerra Mundial, casi 30.000 hombres. La madrugada del 30 de abril, la aviación británica bombardeó Port Stanley. Estados Unidos rompió su neutralidad y dio su apoyo a los británicos suministrándoles armamento y apoyo logístico. También el socio chileno de la Junta, Augusto Pinochét, vendió su lealtad. Por orden y mando del comandante en Jefe del Ejército chileno, tropas de infantería se desplegaron en la frontera con Argentina. Aquello obligó a la Junta a garantizarse el despliegue militar suficiente para rechazar una posible invasión, y desplegó sus mejores hombres en la frontera con Chile. Los reservistas, jóvenes soldados que, en ocasiones, contaban con apenas un par de meses de adiestramiento, se quedaron en las Malvinas para hacer frente a la poderosa flota británica.

El resto es historia militar. Fueron 45 días de combates que terminaron con una aplastante derrota argentina que les dejó el orgullo herido, 649 muertos y una legión de mutilados, veteranos de guerra que se convirtieron, injustamente en el símbolo del ejército de la dictadura. Una guerra llena de fracasos, de aventuras delirantes, y que fue el canto del cisne de una Junta militar que estaba tocada de muerte. Tras la derrota Galtieri abandonó el poder. Sus sucesores, Alfredo Oscar Saint Jean y Reinaldo Bignone, tampoco duraron  mucho. La Junta no se sostenía y en noviembre de 1983 se convocaron las primeras elecciones democráticas después de la dictadura.

Como estos días se ha demostrado, todo buen argentino aún aspira a recuperar las Malvinas. Cada choque con los británicos, incluso los deportivos, aún guardan un cierto sabor a revancha nunca tenida y quizás por eso, el famoso gol de Maradona en el Mundial 82 hizo llorar a medio país. Su propia constitución obliga a los gobiernos a hacer todo lo necesario para recuperar las islas. Eso sí, por la vía pacífica. La aventura de Galtieri ya demostró el grave error nacional que hundió al país aún más en la miseria.

En el pomposo día del recuerdo, más de la celebración de su victoria que otra cosa, el Reino Unido ha tenido un gesto de reconocimiento y recuerdo por los reservistas argentinos caídos en la guerra. Y todo pese a que una Margaret Thatcher, débil e inflada por la edad, sigue apelando a ese mensaje belicista que la convirtió en la histórica Dama de Hierro. Las Malvinas se recuerdan como una lección de la historia, de lo inestables que son las alianzas geoestratégicas y de la fragilidad de la lealtad de las superpotencias con los países menores. Fue una guerra atípica para un mundo polarizado en dos, una guerra entre socios posicionados en un mismo bando global. Y también, la última guerra convencional en la que ha participado directamente un ejército latinoamericano. Pero este 25 aniversario ha dejado también escenas simbólicas, recuerdos y ciertos gestos diplomáticos. Al menos, el Estado comienza a pagar sus deudas con sus ciudadanos que se vieron envueltos en una lógica delirante: El presidente de la nación, Nestor Kirschner, ha dotado por decreto a los olvidados veteranos de una pensión que ascenderá a un total conjunto de 500 millones de pesos. Y la Organización de Estados Americanos ha recordado la necesidad de resolver definitivamente un contencioso que aún no se ha solucionado. Porque, pese al paso del tiempo, Argentina aún llora por las Malvinas.

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