Futuro incierto en Burma

Iván Sevilla García-Hierro 

Myanmar es el nombre con que lo bautizó el gobierno castrense que ocupa el poder. Birmania era como se lo conocía desde los tiempos de la ocupación británica, en referencia a la raza con mayor presencia en el país. Burma (Birmania en inglés) es como continúa llamándolo la resistencia.

La actual situación de este país del sudeste asiático deriva de la descolonización. Los ingleses lo controlaron desde finales del XIX. 1948 fue el año de su marcha. Pero el vacío institucional y el caos étnico que dejaron atrás, a lo que hay que sumar injerencias de países como Japón, Tailandia, China o EE. UU., provocaron la caída del gobierno en manos del ejército en 1962. Algunos afirman aún que la única solución a la inestabilidad eran los militares. La devaluación de la moneda y la ausencia de democracia provocaron un alzamiento popular en 1988. La Junta Militar en el poder respondió con una fuerte represión que causó más de 3000 muertos. Aunque prometió elecciones libres.

Celebradas en 1990, dieron la victoria, con un 82% de los votos, a la Liga Nacional Democrática. Su líder, Aung Sang Suu Kyi fue premiada con el Nóbel de la Paz en 1991. Los militares nunca reconocieron el resultado de las elecciones. Aung Sang Suu Kyi ha pasado 11 de los últimos 17 años bajo arresto domiciliario. El general Than Shue, presidente del Consejo para la Paz y el Desarrollo del Estado, lidera el país desde 1992. Un gobierno en el exilio, la Coalición Nacional de la Unión de Birmania, formado tras las elecciones, es reconocido internacionalmente desde 1991. Y más de 1000 presos políticos, según Amnistía Internacional, permanecen encerrados en condiciones infrahumanas.

Sin previo aviso, el 15 de agosto el Gobierno decidió incrementar en un 500% los precios de los combustibles, lo que provocó una reacción en cadena que aumentó el valor tanto de los transportes públicos como de muchos productos de primera necesidad, como el arroz o el aceite de cocina. Las manifestaciones pacíficas en contra fueron controladas con violencia por las fuerzas de seguridad. Es entonces cuando los monjes entraron en juego, presentes en la vida política del país desde hace siglos y a la vanguardia de las manifestaciones contra el imperialismo occidental en los años 40 y la opresión en 1988. Con más de 500.000 religiosos, en un país en el que el 89% de la población es budista,  son el grupo organizado más poderoso junto con los miliares. Han prometido continuar la lucha hasta que hayan “borrado a la dictadura militar del territorio de Birmania”: la califican de “enemiga del pueblo”.

Pero detrás de las protestas por la subida de precios hay un sentimiento de odio hacia un Gobierno antidemocrático y corrupto que ha esquilmado a una otrora rica nación, esclavizado y sumido en la pobreza a su pueblo y comerciado con los recursos como si de un mercado persa se tratara.

Myanmar posee el 10% de las reservas mundiales de gas, sus pesquerías intactas, el 70% de la producción mundial de teca, una de las mayores reservas de piedras preciosas y 3200 millones de barriles de petróleo bajo su suelo y sus aguas. Semejantes riquezas no impiden que su población viva en la pobreza. El gobierno ha sido incapaz de invertir en refinamiento de crudo (importa la mitad del carburante que consume) ni en la dosificación interna de gas y energía. Un dato: el 40% de los ingresos del país proceden de la venta de energía, sobre todo de gas a Tailandia. El dinero se consume en la construcción de una nueva capital, Naypyitaw, en el mantenimiento del uno de los mayores ejércitos de Asia (más de 400.000 efectivos), en el salario de los funcionarios y en festejos, como la desmesurada boda de la hija del general Than Shue. Otro dato: la renta per cápita es de 100 dólares al año, como en Sierra Leona, mientras que un saco de arroz de 45 kilos cuesta 50 dólares.

De lo que sí se han encargado los miembros del gobierno es de aumentar los ingresos por el narcotráfico. Birmania produce 2000 toneladas de opio anuales (equivalentes a 200 toneladas de heroína pura), lo que le convierte en el segundo productor mundial. El dinero es lavado gracias al turismo. También han obtenido ingentes beneficios traficando con prisioneros de las minorías étnicas y huidos del régimen en países como Tailandia. Sólo en la ciudad tailandesa de Mae Sot viven cientos de refugiados, obligados a ejercer como mano de obra barata en vertederos, plantaciones o fábricas y esclavos sexuales en burdeles. Las mujeres y niñas, como de costumbre, se llevan la peor parte: en el informe Desfile, publicado por la ONG Hurfom, se detalla cómo el ejército organiza periódicos desfiles de jóvenes de minorías étnicas sacadas por la fuerza de sus poblados. Las elegidas por los soldados son utilizadas como siervas sexuales.

Por supuesto, para controlar a la población y mantener el poder, también ha sido necesaria una fuerte inversión en el desarrollo de uno de los mejores y más extensos aparatos de espionaje y censura de Asia. Reporteros Sin Fronteras revela a Birmania como uno de los cinco países del mundo donde más se coarta la libertad de Expresión. Dos puntos de vista. A nivel interno, incluso en las cárceles existe un comité de censura que prohíbe las lecturas subversivas. Las fuerzas de seguridad controlan la totalidad de las telecomunicaciones. Aquel que posea un  teléfono satélite sin permiso del Ministerio de Comunicaciones será acusado de “alta traición” y condenado a 20 años de cárcel. Hasta para tener un ordenador hay que pedir autorización. De cara al exterior, las recientes manifestaciones han tenido que ser cubiertas por los medios internacionales desde fuera del país. Periodistas, diplomáticos y empresarios extranjeros, “esbirros del imperialismo”, son seguidos y fotografiados.

Pero el problema sigue siendo cómo acabar con la dictadura sin machacar aún más al pueblo. Porque, aunque parezca mentira, lo único que mantiene unida a la que muchos llaman la “Yugoslavia del sudeste asiático” es el ejército. Parece que la solución postcolonial es el clavo ardiente al que han de sujetarse los que añoran vivir en un Estado independiente, soberano y democrático. Paradoja.

La mayoría de la comunidad internacional ataca al Régimen militar con sanciones y embargos. En la reciente Asamblea General de la ONU, el presidente de los Estados Unidos, George Bush, anunció la prohibición de actividades financieras del país asiático en su mercado y la no concesión de visados a autoridades birmanas y sus familiares. Pero uno de los más duros en sus declaraciones fue el Primer Ministro británico, Gordon Brown, que instó a la presidencia portuguesa de la Unión a que endureciera las sanciones contra Myanmar si los militares empleaban la violencia (lo que está ocurriendo) contra los manifestantes.

Sin embargo, sabedores del caos que supondría borrar de un plumazo a los militares y conscientes de los pingues beneficios que obtienen del comercio con la “estable” Birmania, algunos países apoyan al régimen vetando cualquier medida sancionadora: Rusia anunció en marzo la construcción de una central nuclear en Burma; China, el principal socio comercial, e India han vetado resoluciones de castigo contra el país que engrasa con petróleo barato su desenfrenado crecimiento económico; Tailandia importa gas a precio de ganga desde su vecino; incluso EE. UU. tiene intereses en Birmania. Aún está caliente el caso Unocal (United Oil California). En 2004 la multinacional americana fue denunciada por ciudadanos birmanos por atentar contra los derechos humanos al usar mano de obra barata proporcionada por el gobierno asiático para construir un gaseoducto: los pueblos asentados en su recorrido fueron extorsionados empleando la tortura, el asesinato y los trabajos forzados.

En Birmania existen entre 40 y 140 grupos étnicos (dependiendo la fuente). La guerra civil que se libra en el territorio birmano es la más larga de las que aún permanecen en activo. Los niños son reclutados como soldados. El grupo de resistencia más destacable son los karen, la etnia minoritaria con mayor presencia. El control absoluto que ejercen los militares y la inmadurez política de la oposición impiden un cambio a corto plazo. La Liga Nacional para la Democracia posee una líder carismática, pero carece de un programa que ampare a las minorías étnicas (un tercio de la población), no acepta ningún acuerdo con los militares y sólo esgrime boicots al turismo y a las inversiones extranjeras como principio para acabar con la injerencia política. En suma, más gasolina para alimentar el fuego en el que arden las esperanzas del pueblo birmano. 

Un comentario a “Futuro incierto en Burma”

  1. Marta Says:
    Octubre 8th, 2007 at 5:52 pm

No tenía tiempo de aburrirme, pero lo leí. Me recuerda a muchas de las cosas que vivo aquí, cambias opio por coca, gas también, petróleo no mucho, muy parecido… Falta la corrupción, que aquí abunda.

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