(I) Somalia: la agonía enquistada de un estado fallido

Sandra Suárez Berlanga 

Un barco sin rumbo, una brújula que no señala el norte, el más incierto de los horizontes son algunas de las metáforas que podrían definir el caos que vive Somalia, uno de los países más pobres del mundo al que su relevante situación geográfica, con acceso al golfo de Adén, le ha rescatado de un olvido perpetuo. Las urgentes medidas humanitarias que automáticamente relacionamos con este estado fallido de la costa oriental africana han dejado paso a otro protagonista quizás más “mediático”: el terrorismo internacional practicado por Al Qaeda. 

Lo que algunos expertos han denominado como la “cuestión somalí” comprende factores sociales, históricos, económicos y religiosos muy complejos que deben enmarcarse en un paisaje de continuos enfrentamientos tribales y que iremos desgranando en posteriores entregas. Las luchas fratricidas por el control de los diferentes territorios, el pasado colonial protagonizado por británicos, italianos y franceses, y el auge experimentado por los movimientos islamistas, sobre todo a partir del 11-S, son elementos indispensables para comprender el devenir de este enclave ubicado en el llamado Cuerno de África.

La actual República de Somalia la conforman territorios que fueron colonias de británicos e italianos, y que eran llamados Somalilandia y Somalia italiana, respectivamente. Si bien, la conocida como Somalia histórica comprendía, además, al actual Yibuti (Somalia francesa) y algunos territorios de Etiopía y Kenia. De la independencia y unión en 1960 de los territorios hasta entonces dominados por Reino Unido e Italia, en parte occidentalizados, y de la necesidad de acondicionarlos a la esencia clánica de la sociedad somalí, tribal e islámica, derivaron fuertes incompatibilidades.

Ignacio Gutiérrrez de Terán, doctor en Filología Árabe y profesor en el departamento de Estudios Árabes de la UAM, ahonda en esta idea en su último libro Somalia. Clanes, islam y terrorismo internacional al apuntar que “esta difícil simbiosis entre el sustrato local y las innovaciones occidentales está en el origen de las transformaciones políticas que sacudieron el país y dejaron el camino expedito a la dictadura de Siyad Barre”.

A pesar de los esfuerzos realizados durante los primeros nueve años de vida de la República de Somalia por crear un estado fuerte, con instituciones centralizadas y un poder real sobre las jerarquías tribales, los somalíes se mostraron más proclives a mantener y fortalecer sus estructuras familiares. Éstas serían, a la postre,  las protagonistas en la espiral de violencia que asolaría el país para hacerse con el poder tras la caída de Barre en 1991.

Tras el golpe de Estado de Siyad Barre y durante los 22 años que duró su peculiar “dictadura marxista” la situación de Somalia se agravó notablemente. El proyecto del gobierno de Mogadisco de anexionarse las comunidades somalíes enclavadas en países vecinos para crear así una especie de “Gran Somalia”, siguiendo los preceptos de la teoría pansomalista, provocó intensas rencillas y contribuyó a la desestabilización de la zona. Kenia y Etiopía vigilaban muy de cerca las ansias expansionistas de Barre y se llegaron a producir enfrentamientos armados.

Por otro lado, Barre cavaría su propia tumba con un nefasto modo de abordar la cuestión de los clanes. Si tras su llegada al poder manifestó su intención de eliminar la esencia clánica del pueblo somalí para evitar que ésta socavase el poder del estado, sus acciones encaminadas a lograr tal fin consiguieron el efecto contrario. La orden de prohibir los partidos políticos y de encarcelar a poderosos dirigentes políticos de diferentes clanes provocó una fuerte reacción contra el dictador. En este clima de tensión extrema surgieron los movimientos armados opositores al régimen que terminarían por derrocar a Barre en 1991. El Congreso Somalí Unido (CSU) en el centro-sur y el Movimiento Nacional Somalí (MNS) en el norte unieron sus fuerzas para derrocar al sátrapa africano.

Sin embargo, la caída de Barre no trajo la tranquilidad a Somalia, sino que supuso el principio de un caos constante y de una guerra civil que aún hoy no ha terminado. Gutiérrez de Terán describe acertadamente la situación: “Después de la huida de Barre al sur y su exilio posterior, la guerra se desbocó por derroteros caóticos e imprevisibles. Líderes que habían luchado juntos contra el régimen del partido único se veían inmersos en luchas continuas, mientras que ex militares rivales se unían temporalmente para combatir al Congreso Somalí Unido, que amenazaba con monopolizar el reparto de Mogadisco. No había líneas de acción fijas ni alianzas indisolubles y, a medida que pasaba el tiempo, las facciones “históricas” y las nuevas que se iban creando devinieron en grupos compactos de presión con intereses económicos bien definidos. O, por decirlo de otra manera, se convirtieron en empresas familiares con sus órganos de administración y milicias armadas propias”.

En medio del desconcierto y la violencia generada por los intereses de unas y otras milicias, la antigua Somalilandia (la Somalia de los británicos) se proclamó independiente formando su propio gobierno, con presidente e instituciones diferentes a las utilizadas por Mogadisco. Esta situación da buena cuenta de las infinitas dificultades de Somalia para alcanzar la utópica unidad perseguida desde la independencia del país en 1960.

No fue hasta 2004 cuando los intentos por rehacer el estado somalí dieron como resultado la creación del Gobierno Federal Transitorio (GFT) que, presidido por Abdullahi Yusuf, se mostraría incapaz de imponer su poder en el ámbito nacional. Los llamados señores de la guerra alcanzarían gran notoriedad y poder en el país durante este período practicando un cainismo atroz y destruyendo cualquier posibilidad de progreso en el Somalia.

El GFT sería apartado del poder en junio de 2006 por los Tribunales Islámicos, recibidos con alivio por la población civil tras la nefasta y corrupta “gestión” de los señores de la guerra.  Sin embargo, los movimientos islamistas, tan en boga en los medios de comunicación desde los atentados de las Torres Gemelas, colocaron a Somalia en el punto de mira de EE UU, que no dudó en bombardear supuestos objetivos terroristas en el sur del país en enero de 2006 y, en posteriores ataques, en 2007 y 2008. No obstante, las implicaciones de EE UU en Somalia las analizaremos pormenorizadamente en siguientes artículos.

A la luz de tales acontecimientos, la etiqueta de “estado fallido” parece adecuarse a la silueta de un país que no encuentra el método preciso para conformar un estado definitivo y sin fisuras. La ausencia de una idea común de estado (central o federal) palpita en la raíz de la crisis somalí y ha condenado a este bello territorio africano a navegar a la deriva durante los últimos dieciséis años.

Somalia ocupa el tercer puesto en el Índice de Estados Fallidos elaborado por la prestigiosa revista Foreign Policy en agosto y septiembre de 2007. La publicación esgrime que “Somalia, en manos de luchas sectarias entre caudillos desde hace más de 15 años, sufrió aún más convulsiones violentas en 2006, cuando la breve estabilidad lograda por la Unión de Tribunales Islámicos se vio trastocada por la invasión de las tropas de Etiopía para favorecer la formación de un gobierno provisional. A lo largo de los años, los combates han provocado la huida de refugiados a Etiopía, Eritrea y Kenia, con la subsiguiente desestabilización de una buena parte del Cuerno de África”.

Efectivamente, tras la toma de Mogadisco por parte de los Tribunales Islámicos, tropas del gobierno de Addis Abeba irrumpieron en Somalia en diciembre de 2006 con el fin de evitar un ejecutivo islámico e insuflar oxígeno al maltrecho Gobierno Federal Transitorio. En enero de 2007 el GFT recupera el control sobre las zonas dominadas por los islamistas.

Tanto las intervenciones de Etiopía y de EE UU en el conflicto somalí responden a complejos factores no siempre relacionados con su afán solidario o filantrópico. Los intereses geoestratégicos y también los encaminados a justificar la raíz de sus doctrinas en política exterior tendrán mucho que ver con ciertos gestos aparentemente desprendidos. Tristemente, muchos focos apuntan a que ese interés por arreglar el desastre humanitario, repatriar a los refugiados y frenar las pandemias y hambrunas sufridas por la castigada población civil de Somalia durante los últimos dieciséis años no es más que la excusa para erigirse en el centro de poder del Cuerno de África, en el caso de la antigua Abisinia, y para justificar su enfermiza guerra contra el mal, en el caso de la Administración de George W. Bush.

Un comentario a “(I) Somalia: la agonía enquistada de un estado fallido”

  1. lobo-hombre Says:
    Marzo 13th, 2008 at 11:50 am

Lo que más me gusta del artículo es que deja claro que el problema de Somalia, al igual que de muchos países de África, es tanto externo (descolonización, intereses de países como EE UU o Etiopía) como interno (guerras tribales, gobiernos tiránicos). Todavía hoy muchos culpan sólo al Primer Mundo, cuando la responsabilidad es compartida.

Estoy deseando leer el siguiente artículo de este especial…

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2 Responses to “(I) Somalia: la agonía enquistada de un estado fallido”
  1. dr. juez tribunal penal somalies dr. capitan de altura almirante en jefe general en jefe gabriel villegas asuntos penales somalies

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  1. […] Análisis político de Somalia (y: 2 , 3 y 4) […]



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