Adiós al supremo dictador

José Alonso Seco  

Como si de una maldición se tratara, Paraguay no ha podido despertar de décadas de silencio y dolor hasta que murió el último de sus dictadores. A poco menos de dos años de la muerte del sangriento Alfredo Stroessner y a punto de celebrar, en 2011, el bicentenario de su independencia, nacida con la dictadura ‘perpetua’ de Rodríguez de Francia, la ciudadanía ha decidido dar un golpe de timón que lleva el nombre de Fernando Lugo.

El ex religioso católico al que muchos llaman ‘el obispo de los pobres’ ha despertado la conciencia de los paraguayos, que han recuperado -para su propia sorpresa- la autoestima destruida en dos siglos de represión y guerras, cuyo legado es una pobreza mayoritaria y una desesperanza extrema.

Incluso los más veteranos aseguran que la capital, Asunción, no vivió nunca antes una jornada de emocionante júbilo como la registrada la tarde del domingo 20 de abril. Ni siquiera cuando, el 3 de febrero de 1989, un golpe de Estado de su consuegro -el militar narcotraficante Andrés Rodríguez- depuso a Stroessner e instauró una democracia de cartón piedra -’trucha’, como dicen los paraguayos- dirigida hasta hoy por los herederos de la dictadura.

De manera totalmente espontánea, la ciudadanía se echó el domingo 20 de abril a la calle para celebrar la derrota del Partido Colorado, que ocupaba el poder desde hace 61 años de manera ininterrumpida. Hubo muchas lágrimas. Hasta minutos antes del cierre de urnas, la mayoría no creía en que pudiera producirse este cambio.

Esta ‘resurrección’ de Paraguay ha sido posible por la labor fundamental desarrollada por Fernando Lugo. Durante sesenta años, el principal partido opositor, el liberal, fue incapaz de arrebatar el poder a los colorados. El ex obispo, por el contrario, ha hecho realidad la alternancia en sólo 16 meses.

Lugo es un hombre tranquilo, pausado, al que hay algunos que observan con cierto recelo porque no saben interpretar sus silencios. Son los mismos silencios que han permitido que una decena de partidos y otros tantos movimientos sociales se hayan puesto de acuerdo en una propuesta unitaria para la refundación de la república y la recuperación de la democracia.

La apuesta no es sencilla. Las fuerzas agrupadas van desde el marxismo del Movimiento al Socialismo -PMas- al conservadurismo del Partido Liberal. Y la fórmula ha funcionado, aunque el verdadero motor es la figura de Fernando Lugo, que obtenido por igual la confianza de la ciudadanía más tradicionalista, como de los progresistas e incluso de los colorados insatisfechos por décadas de corrupción e ineficiencia.

Sí, Lugo es a Paraguay lo que Correa es a Ecuador, Chávez fue a Venezuela y Evo a Bolivia. Pero también es como Lula para Brasil, Tabaré para Uruguay, Kirchner para Argentina o Bachelet para Chile. Supone la resurrección ciudadana en países que habían perdido a sus ciudadanos por efecto, entre otros factores, del inhumano Consenso de Washington, el neoliberalismo que sembró la pobreza que hoy dramáticamente cosechamos.

Mientras los periodistas nos empeñamos en clasificarlo -equivocadamente-, Lugo se ve obligado a repetir hasta la saciedad la realidad: el suyo no es el modelo chavista ni el de Lula. Ni quiera es acertado considerarlo ‘izquierdista’ porque, sinceramente, no lo es. Quiere sentar las bases para contar con una democracia auténtica que recupere la ciudadanía, con una justa distribución de los recursos, verdadera soberanía nacional y el fin de la dolorosa pobreza de su pueblo. Sólo eso. No es poco. No será fácil. Pero no es imposible.

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