“Un sur independiente altera mucho el mapa regional y además tiene contradicciones internas”

Rafael Ortega Rodrigo es el Investigador Principal de Casa Árabe. Es, probablemente, uno de los mayores expertos sobre el mundo musulmán y, concretamente, sobre Sudán que hay en España. 

A Ortega Rodrigo sus libros le avalan: Acuerdo de paz en Sudán: concesiones, resistencias y conflictos periféricos (2007), La experiencia islamista sudanesa: de la clandestinidad al poder (2007), Islamismo y liberación de la mujer: Hasan al-Turabi y el modelo sudanés (2006), Sudán: islam político, guerras civiles e identidad (2005), El islam político en Sudán. Una propuesta fallida de internacional islamista (2004)… Esta entrevista pretende aclarar un poco más la realidad de Sudán: islamismo, personajes principales (al-Bashir, al-Turabi), partidos políticos, independencia del sur…

Entrevista de Iván Sevilla

Pregunta. ¿Es Bashir un islamista convencido o solo un tirano que aprovecha la baza del islamismo?

Respuesta. Al-Bashir ha declarado en más de una ocasión que ingresó en el movimiento islamista sudanés a una edad bastante temprana. Hay que tener en cuenta que el proselitismo, también en las filas del ejército, tanto de los Hermanos Musulmanes como de otras formaciones islamistas en Sudán o en otros países árabes forma parte de la estrategia de educación del individuo y de la sociedad en los valores que defiende el movimiento. La experiencia en el poder, a partir de 1989, distorsionó el modelo de sociedad ideal que defendía el movimiento islamista sudanés y optó por una deriva autoritaria que no dejó espacio alguno a la disidencia política o ideológica. El discurso religioso, aquí como en muchos otros países no sólo árabes, es utilizado por la autoridad política para legitimar sus acciones.

P. ¿Es al-Turabi un islamista moderado, radical o un pragmático político? ¿Con que poder cuenta realmente hoy?

R. Los calificativos “moderado” o “radical” no son de fácil aplicación a una personalidad tan compleja como al-Turabi. Su discurso ha evolucionado notablemente desde que entró en la escena política sudanesa en los sesenta. Algunas de sus posturas han sido interpretadas como “radicales” por otros movimientos islamistas (como los Hermanos Musulmanes, tanto de Egipto como de Sudán) o incluso han sido tachadas como de “traición” al ideario islamista. No hay duda de que sí es un “animal político”, extremadamente pragmático. Parte de su estrategia para “reislamizar” la sociedad puede ser calificada, aunque siempre entre comillas, como moderada, por ejemplo su insistencia en la necesaria “islamización de forma progresiva”. Otras de sus posturas son realmente más abiertas que las de colegas de otros movimientos islamistas: por ejemplo, lo que respecta al papel de la mujer y a su participación en la vida política y en la esfera pública en general. Al-Turabi no es nada ortodoxo y eso le ha valido críticas desde todos los flancos.

La crisis interna del movimiento islamista sudanés que estalló en el 2000, y que supuso la ruptura del binomio al-Bashir (presidente) y al-Turabi (ideólogo y cerebro en la sombra) le ha restado seguidores. El nuevo partido que creó, el Congreso Popular, es menos fuerte que lo que era el Congreso Nacional pero es una fuerza política con la que es necesario contar. Al-Turabi sigue siendo una personalidad carismática, omnipresente en los medios y cualquier declaración suya es relevante.

P. ¿De qué hablamos cuando decimos que el Gobierno de Sudán ha pretendido y pretende arabizar el país? No es lo mismo arabizar que islamizar.

R. Esta pregunta es un poco ambigua, no sé si te refieres al conflicto de Darfur, cuando se habló de “arabizar” la zona marginando a lo que se denomina “tribus africanas” a favor de “tribus árabes”. Lo cual es un error desde mi punto de vista. No hay una clara distinción entre tribus árabes y africanas, al menos en lo que se conoce como el norte de Sudán, siglos de coexistencia y mestizaje lo hacen difícil. Además hay un factor unificador que es el islam, los grupos étnicos del norte están islamizados, independientemente de que fueran en su origen tribus árabes o africanas. El caso del sur es diferente: debido a la actuación del colonialismo británico que creó en el sur un administración cerrada (close district) en parte para evitar una difusión del islam en la zona y en países limítrofes, la mayor parte de la población pertenece a grupos étnicos negros (dinka, nuer,…) y mayoritariamente animistas y cristianos. Es cierto que el movimiento islamista sudanés comenzó en los sesenta a querer integrar la “cuestión del sur” (es decir la guerra civil que había estallado con la independencia en 1956 y que hasta entonces era vista como la “guerra del sur”) en la agenda nacional, puesto que la veían como una “cuestión nacional”. Este enfoque se acompañó desde entonces de un proceso de difusión, muy limitada, del Islam político también en el sur aunque con las limitaciones naturales que la composición social de la zona presenta. En cualquier caso, las fronteras no son rígidas: el Movimiento Popular de Liberación de Sudán está presente en el norte; el segundo del Movimiento, Yaser Arman, es del norte y de cultura musulmana; el Congreso Nacional de al-Bashir está presente en el sur; el partido de al-Turabi, el Congreso Popular, presentó como candidato a las elecciones presidenciales de abril de 2010 a una figura del sur, de la etnia dinka.

P. ¿Hasta dónde alcanza la implantación de la sharia en Sudán?

R. La cuestión de la sharia ha sido objeto de discusiones en el proceso de paz que culminó en 2005. Según los acuerdos, y según la nueva Constitución de 2005, la sharia y el consenso son las fuentes de la legislación pero de aplicación en las provincias del norte. Por otro lado, el acuerdo popular, las creencias, los valores, el derecho consuetudinario teniendo en cuenta la pluralidad religiosa son la fuente de la legislación de aplicación en las provincias del sur.  En cualquier caso hay una serie de disposiciones que facilitan el recurso a unas fuentes de legislación acordes con la composición de cada zona. Y otras leyes dedicadas a solucionar los problemas que puedan surgir en el norte con no musulmanes (hay que tener en cuenta que en los alrededores de Jartum hay grandes asentamiento de población desplazada del sur por la larga guerra civil con otro idioma, otras costumbres y creencias y habituados a regirse por otras leyes).

Es cierto que al-Bashir y el movimiento islamista defienden vivamente la legislación islámica, e incluso el presidente declaró que fue precisamente el intento de abolir las leyes de septiembre de 1983 (supuestamente leyes islámicas) lo que le llevó a protagonizar el golpe de Estado de junio de 1989.

Pero es importante aclarar que la progresiva implantación de la sharia, tal y como había teorizado al-Turabi, excluía a la población no musulmana y por supuesto a la población del sur (mayoritariamente animista y cristiana) que tenía sus propias leyes, por eso no supuso un problema para la población del sur. Otra cosa es confundir la sharia con leyes que son meramente represivas tal y como  ha ocurrido en Sudán en las últimas décadas.

P. ¿Fueron claras las elecciones de Sudán de 2010? La comunidad internacional no ha podido trabajar con tranquilidad: los observadores de la ONU en Darfur tuvieron que marcharse por la inseguridad que se vivía… ¿Por qué se consiente?

R. Las elecciones sudanesas han sido las más complejas de su historia y una de las más complejas del mundo (presidenciales, generales, gobernadores y asambleas provinciales tanto en el norte como en el sur). No han sido perfectas e incluso algunas organizaciones que han tenido observadores en el proceso (Instituto Carter, la propia UE) han concluido que no cumplieron los requisitos mínimos de democracia y transparencia. A eso hay que añadirle los errores técnicos, las manipulaciones (no tan exageradas como las que se producen en otros países árabes del entorno), la retirada de casi toda la oposición. Pero sí es cierto que transcurrieron en un ambiente no precisamente de violencia (si exceptuamos la zona de Darfur y por otros motivos).

Hay que tener en cuenta que la celebración de estas elecciones era un requisito imprescindible para seguir adelante con la aplicación de los acuerdos de Paz de 2005. Así pues, muchos han puesto como prioridad la aplicación de los acuerdos  de paz, por encima de que las elecciones fueran realmente pluripartidistas y transparentes. Otros organismo, sin embargo, han aplaudido la manera en la que se han llevado a cabo (Liga Árabe, la Conferencia Islámica, China…).

P. ¿Es aceptable (no sólo desde Occidente) un gobierno islámico? ¿Por qué nos cuesta tanto aceptarlo?

R. Lo que no debería ser aceptable son gobiernos autoritarios del signo que sean y sea cual sea la ideología en la que se basan. Las experiencias definidas como “islamistas” en el poder en el mundo árabe son muy reducidas y se limitan a Sudán y la experiencia en la Franja de Gaza asfixiada tanto por países árabes como occidentales y, por supuesto, por Israel. No ha habido otras experiencias para poder evaluar en qué consiste realmente el islamismo como forma de gobierno y de ordenación de una sociedad más allá de las aportaciones teóricas que como hemos visto en el caso sudanés se distorsionan al llegar a la realidad. Por otro lado, hay que tener en cuenta que desde el colapso de la URSS, el mundo unipolar que surge liderado por Estados Unidos buscó rápidamente un sustituto al peligro rojo que fue el islam político, demonizado ya desde el triunfo de la revolución  iraní en 1979. Occidente prefiere tratar con regímenes autoritarios y dependientes que mantienen el neocolonialismo en la zona y, por otro lado, las elites de esos países árabes han contribuido a demonizar a sus oposiciones de signo islamista para evitar que lleguen al poder (la interrupción del proceso electoral argelino en los noventa en el que se veía claramente el triunfo del Frente Islámico de Salvación es un claro ejemplo de ello). También es cierto que la mayor parte de los movimientos islamistas han tenido un déficit democrático interno que están superando; su discurso ha llegado a occidente muy distorsionado y manipulado ofreciendo una imagen de oscurantismo. Es necesario presentar ese discurso de una forma clara. Tampoco hay que olvidar que el movimiento islamista es realmente una fuerza alternativa en muchos países árabes desde Marruecos hasta el Golfo.  

P. Los partidos de la oposición, ¿son realmente democráticos? Es decir, ¿si llegara al poder algún partido que no fuera el Congreso Nacional, gobernaría según parámetros democráticos?

R. Una cosa es el funcionamiento interno de los partidos, que evidentemente tienen un déficit de democracia interna (jefaturas tradicionales hereditarias, no hay espacio para la discrepancia de ahí que haya habido tantas escisiones en los grandes partidos como al-Umma y el Unionista Democrático). Pero sí es cierto que los grandes partidos sudaneses han experimentado épocas de vida parlamentaria democrática (en los cincuenta, sesenta y ochenta). Hoy en día, tantos años en la oposición, en el exilio o en el activismo clandestino les han restado capacidad y dinamismo. Si el marco general fuera democrático, aunque fuera imperfecto, las grandes formaciones políticas podrían evolucionar hacia una mayor democracia interna. Incluso el propio al-Turabi ha reconocido que la experiencia islamista sudanesa ha resultado un fracaso y que el mejor modelo que se podría aplicar en Sudán sería el de las democracias occidentales.

P. ¿Puede acabar la guerra en Darfur con acuerdos similares a los firmados con el sur: autogobierno, plebiscito de independencia…?

R. No creo que el régimen esté dispuesto a hacer tantas concesiones porque eso supondría el desmembramiento definitivo del país. Sí que puede estar dispuesto a incluir a representantes de los movimientos de oposición política y armada en las estructuras del poder central, y comprometerse a invertir y desarrollar la región en el marco del Estado federal. (Cláusulas que figuran también en el acuerdo de paz de 2005 con el Movimiento Popular de Liberación de Sudán).  

P. ¿Podemos decir con rotundidad que Sudán es un Estado? Encabeza todas las listas de Estados fallidos pero, y en primer lugar, ¿se le puede considerar un Estado?

R. El calificativo de Estado fallido es peligroso porque suele ser preámbulo de una intervención extranjera y los parámetros utilizados para calificar a un Estado como tal no creo que sean muy apropiados. Independientemente del régimen existente hoy en día, Sudán es un país que tiene ya una tradición de instituciones fuertes aunque no haya tenido mucha suerte con sus gobernantes. Hay una clase política histórica y con cierta fuerza (aunque se haya debilitado en estas últimas décadas), ha salido de una guerra civil de más de veinte años, está buscando su nueva identidad. No creo que el escenario sudanés sea comparable al somalí, por citar el más cercano geográficamente. 

P. ¿Qué pasará con la región de Abyei?

R. La región de Abyei, dada su complejidad étnica, social y religiosa y por sus recursos acuíferos y petrolíferos es todavía causa de litigio entre el norte y el sur. El recurso a una comisión internacional de arbitraje que presentó su resultado hace unos meses no ha llevado a una solución de las diferencias. La aplicación de los Acuerdos de 2005 deben concluir con la solución, en caso contrario puede ser el detonante de un nuevo conflicto armado entre el norte y el sur o entre Sudán y el nuevo Estado en caso de que se independice.

P.  Hay informes que afirman que el sur independiente podría ser un Estado fallido…

R. Un sur independiente alteraría mucho el mapa regional y además tiene contradicciones internas: preponderancia del elemento dinka sobre otros grupos étnicos y del Movimiento Popular de Liberación de Sudán sobre otras formaciones políticas; carece de infraestructuras y necesitaría la ayuda internacional… Estados Unidos se está ocupando de ello de una manera que no deja lugar a dudas de su interés en tutelar a ese posible nuevo Estado [la entrevista se realizó antes del plebiscito independentista en Sudán del Sur].

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