¿Se acaba la primavera de Marruecos?

Ya está aquí el 1 de julio, día en que Marruecos celebra un referéndum para decidir si aprueba las reformas que el rey Mohamed VI pretende introducir en la Constitución otorgada del país.

Artículo de Sandra Suárez

Cuando en enero del presente año los tunecinos hicieron tambalearse al gobierno de Ben Alí pidiendo en las calles más derechos, más trabajo y más democracia, el resto de vecinos del Magreb y Oriente Medio se pusieron manos a la obra para evitar que algo similar al derrocamiento del mandatario tunecino les sucediese a ellos y para frenar el imparable avance del fenómeno conocido como la Primavera Árabe.

Egipto no lo consiguió y el anciano Mubarak, abandonado por el ejército y empujado por la multitud desencantada, fue “destronado” de su privilegiado pedestal político el pasado 11 de febrero tras prácticamente treinta años de férreo control sobre el pueblo. Por su parte, la Libia de Gadafi agoniza en plena guerra civil entre leales y opositores al régimen de Trípoli. Éstos, apoyados por las fuerzas de la OTAN, intentan que el líder libio, sobre el que pesa una orden de detención de la Corte Penal Internacional acusado de crímenes contra la humanidad, renuncie a su cargo dando vía libre a la remodelación del sistema político.

En Siria, el todavía presidente Al Asad se aferra a su cargo con uñas y dientes, a pesar de las críticas recibidas desde el exterior por sus modos extremadamente violentos de aplastar y acallar las críticas del pueblo. Yemen y Bahréin también conocen episodios de violencia estatal contra los manifestantes que reclaman cambios políticos y transiciones democráticas.

En medio de este desalentador panorama para las políticas inmovilistas de los países árabes de las zonas mencionadas, Mohamed VI anunció en su discurso del pasado 9 de marzo la puesta en marcha de una comisión de reforma constitucional, empujado por los acontecimientos en los Estados vecinos y por las propias protestas internas protagonizadas por los jóvenes del bautizado como Movimiento 20 de Febrero. Este heterogéneo grupo constituido por jóvenes activistas modernistas descontentos con el funcionamiento de los partidos tradicionales, islamistas, intelectuales, sindicatos y ciudadanos cansados de la falta de libertad en Marruecos ha conseguido acuciar al monarca alauí para que lleve a cabo unas reformas hasta el momento sepultadas en el cajón del olvido.

Pero, ¿en qué consisten las reformas que se votan hoy y cómo se han formulado? Para empezar hay que reseñar que la elaboración del nuevo texto constitucional posee un carácter otorgado, esto es, se trata de un proceso dirigido por el rey en el que intervienen juristas supuestamente independientes y del que quedan al margen el Parlamento y los partidos políticos. La voz de los ciudadanos no está presente en el proceso reformador, que se realiza de arriba abajo.

En cuanto a las novedades introducidas en la Carta Magna muchos analistas marroquíes ya las han calificado de “medidas cosméticas” que en nada reducen las grandes prerrogativas reales ni conducen al país africano hacia una verdadera monarquía parlamentaria. Entre ellas, el carácter “sagrado” de la figura del monarca desaparece para pasar a ser “inviolable”. Sin embargo, el soberano sigue siendo la máxima autoridad en las competencias reales de la defensa, la diplomacia y la seguridad interior, además de mantenerse como jefe del Ejército y de seguir siendo quien acredita a los diplomáticos. Como no podría ser de otra manera, el rey también conserva su título de Comendador de los Creyentes y sigue siendo la primera autoridad religiosa del país.

La principal innovación de la Carta Magna es la designación de un primer ministro que ya no estará nombrado por el rey sino que saldrá de la formación política que gane las elecciones legislativas. Con ello, Mohamed VI pretende que los ciudadanos crean que el poder ejecutivo emanará del pueblo, cuando los procesos legislativos en Marruecos no están siquiera abiertos a la participación de todas las opciones políticas.

Otras cuestiones que figurarán en el nuevo texto son las que hacen referencia a los derechos humanos, la presunción de inocencia, la lucha contra la discriminación, la libertad de opinión, el derecho al acceso a la información, la igualdad entre hombre y mujer y la designación del bereber como segunda lengua oficial. Habrá que ver cómo se plasmarán todas estas referencias en la vida real de los ciudadanos marroquíes.

Sin embargo, la definición del Reino de Marruecos como “Estado musulmán”,  ya implica en sí misma una limitación de la libertad religiosa, puesto que la Constitución garantiza la libertad de culto, pero no la libertad religiosa a los musulmanes.

Una auténtica transición a la democracia como la demandada por el Movimiento del 20 de febrero, quien ha hecho un llamamiento a través de las redes sociales para boicotear la consulta popular, se antoja complicada si somos conscientes de las características que desde Hassan II identifican al sistema de poder marroquí. Así, la naturaleza clientelar del entramado político y administrativo sobre el que reposa el poder central del rey hace más costosa la introducción de cambios verdaderamente radicales.

Junto a lo anterior, el papel reticente de las élites políticas hacia los cambios democráticos es otro de los escollos a superar. Para éstas, los pasos hacia la democratización suponen una amenaza, en tanto en cuanto, abrirían la vida política a la voluntad popular, lo que supondría su expulsión del sistema y su sustitución por nuevos agentes políticos. Este problema afecta de forma general a los países árabes del Magreb y, en concreto en Marruecos se traduce en lo que se denomina la estructura del Majzén.

Se trata de un entramado político en la sombra conformado por un grupo de elementos que se organizan en torno a un número reducido de individuos y familias jerarquizadas, no competitivas  y en cualquier caso creados por el propio Estado. En resumen, el poder de tomar decisiones sobre cambios políticos significativos no está en manos de las personas elegidas por los ciudadanos, sino por toda una serie de leales tecnócratas del séquito personal del monarca que trasmiten su posición a sus descendientes, impidiendo así cualquier cambio radical en la estructura de poder.

Si unimos todo eso a la falta de apoyos que el pueblo marroquí encuentra en la mayoría de los partidos políticos, quienes ya se han decantado a favor de las “reformas” introducidas por Mohamed VI, todo parece indicar que la transición democrática en Marruecos seguirá un ritmo lento y pausado, a no ser que los ciudadanos se levanten contra la institución monárquica, algo que por ahora parece poco probable.

¿Tiene futuro la primavera de Marruecos? Si el resultado del referéndum da el sí probablemente poco pueda florecer ya en los dominios de Mohamed VI, quien astutamente ha logrado que esos nuevos aires que prometió en 1999, cuando sucedió en el trono a su padre, sigan el ritmo de tortuga que le permitan conservar sus amplios poderes y aumentar, de paso, su vasta fortuna personal.

Para más información, podéis mirar en twitter: @Mamsawtinch y @ArabRevolution.

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