Todos los hombres del presidente

Recuerdo que cuando vi esta película pensé en que me gustaría ser Woodward o Bernstein.

Título: Todos los hombres del presidente. Año: 1976 (EEUU). Director: Alan J. Pakula. Reparto: Robert Redford, Dustin Hoffman, Hal Holbrook, Martin Balsam, Jack Warden, Meredith Baxter, Jason Robards.

Recuerdo que cuando vi esta película pensé en que me gustaría ser Woodward o Bernstein. Coger el teléfono una y otra vez para llamar a unos y a otros preguntando; ir de puerta en puerta contrastando fuentes; y, cómo no, encontrar un “Garganta profunda” que me llevara a la tan ansiada información clave. La idea es simple: la necesidad de saber no existe en muchos, pero nos espolea cruelmente a otros. A los mismos que, curiosamente, nos gusta contar.

Tomo esta película porque es la percha que me permite hablar precisamente de lo que Woodward y Bernstein hacían y ahora no se hace. O se hace poco: periodismo. Porque lo que solemos ver, oír o leer no es periodismo, sino espectáculo. Y de eso, de espectáculo, es de lo que se ha hablado hoy (13 de octubre de 2011) en el CaixaForum Madrid. Digo espectáculo porque quienes hablaban, maestros periodistas, se referían a eso, aunque con otras palabras: a la caída del periodismo que, a los que empezamos, nos gustaría hacer pero que está eclipsado (mutado) por demasiados intereses. La responsabilidad periodística en la lucha contra la pobreza: ¿teoría o realidad? Este era el tema de la mesa redonda que nos proponía la Coordinadora de ONGD de España, dentro de la Semana de Lucha contra la Pobreza. Los ponentes: Ramón Lobo (@ramonlobo), Rosa María Artal (@rosamariaartal), Rosa María Calaf y Bru Rovira. Casi nada. Hablaron de la pobreza, del periodismo y de la responsabilidad. De los motivos que llevan a que los medios y los periodistas compartan responsabilidad en la existencia (permanencia) de la pobreza en el mundo. Por cierto: Todos los hombres del presidente fue mencionada durante la charla (no recuerdo por quién).

Sobre la mesa, que era rectangular (no redonda), quedaron expuestos esos motivos. Pero destaca uno, los demás parten de él: construir una sociedad de ovejas consumistas, no de ciudadanos librepensantes; hacer caja, no informar. Porque la información (perdón, espectáculo) es un producto que cotiza, como el jamón ibérico. Y si está bueno, mejor: una información sosa, pobre (el epíteto no es casual) no vende. Por eso hay que eliminar la mala información, hay que cometer un “genocidio informativo” que no deje rastro. Porque, además, lo que para unos puede ser ausencia de negocio, para otros puede ser foco de problemas (ya que estamos, que se lo digan a Nixon). No interesa llamar a las cosas por su nombre, sólo camuflarlas: llamar a la injusticia miseria y a la justicia caridad. Interesa hacer que los que reciben la información se sientan mejor cuando combaten la miseria con su caridad: una limosna para los pobres que están lejos y una mirada de soslayo para los millones que están cerca. El periodista es el espejo de la sociedad en la que vive. Pan y circo.

Por eso ya casi no hay grandes reportajes de investigación. Y los que quedan están relegados a horas intempestivas. A lo mejor uno de ellos podría convencernos de que existe negocio detrás de lo que se vende como acción bélica humanitaria. O de que nuestros problemas no son tan graves como los que padecen otros: las preocupaciones inducidas no son problemas auténticos. Eliminación del contexto. Hay que encerrar a la razón y dar rienda suelta a la pasión. Recortar en educción. Los ejemplos me los ahorro. Apelando al espectador, Tucídides diría que hay que escoger: o descansar o ser libre. ¿Y si eliminamos la elección? No hace falta siquiera escamotear información: basta con saturar. Hacer de la información una piedra tan pesada que cueste elevarla hasta nuestro cerebro y, tan escurridiza, que se nos escape hasta los pies una vez arriba. El Roto lo expresa muy bien: informarse al segundo, olvidarse al instante. Sísifo.

Lo dejo aquí. Me estoy poniendo filosófico. El debate, para el café. El que ha faltado tras la ponencia y que me hubiera sabido a gloria: me encanta el café y la compañía era difícilmente mejorable. Somos periodistas, pero también trabajadores. Trabajamos en medios de comunicación que son empresas. Ahí lo dejo. Podemos tomarnos el café otro día tras ver de nuevo Todos los hombres del presidente y disfrutar del vídeo de la charla.

Comentario de Iván Sevilla

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