El futuro incierto del anacronismo norcoreano

A dictador muerto, dictador puesto. Así de fácil. Corea del Norte, considerado el país más hermético del planeta, ha conseguido por medio del miedo, el terror y una violencia desmedida, consolidarse como uno de los regímenes más tiranos del mundo.

Artículo de Sandra Suárez Berlanga

A dictador muerto, dictador puesto. Así de fácil. Corea del Norte, considerado el país más hermético del planeta, ha conseguido por medio del miedo, el terror y una violencia desmedida, consolidarse como uno de los regímenes más tiranos del mundo. Y lo ha logrado a base de someter a un pueblo sordo, ciego y mudo, por obra y gracia del aparato propagandista del Partido de los Trabajadores de Corea y de los asesinatos masivos de disidentes y opositores al régimen. La muerte del Querido líder, Kim Jong-il, el pasado sábado, 17 de diciembre de 2011, ha abierto un proceso de “sucesión” tan peligroso como controvertido si tenemos en cuenta que se trata de un régimen comunista incongruentemente dinástico que cuenta con un as bajo la manga: un persuasivo arsenal de armas nucleares.

El régimen totalitario que instauró en 1948 el anterior Gran Líder, Kim Il-sung, no se vio afectado tras su fallecimiento en 1994, sino que, por el contrario, se afianzó en la figura de su hijo, quien terminó de imponer la llamada doctrina de autosuficiencia nacional formulada por Kim padre a partir de sus ideas marxistas, el Juche. Ahora, tras la muerte de éste, será su vástago menor, Kim Jong-un, de tan sólo 28-29 años, el encargado de consolidar el papel de la dinastía y de guiar los designios de un pequeño país que se ha empeñado en aislarse del mundo para mantener un sistema político anacrónico con el que ha condenado a su pueblo a la pobreza extrema

Las imágenes de la histeria colectiva que protagonizan los norcoreanos ante la capilla ardiente del fallecido dictador no dejan de ser una muestra más de hasta qué punto el régimen norcoreano ha impuesto el fanatismo y la adoración desmedida hacia la figura de su líder, considerado prácticamente como un semidios amable que se preocupa de cuidar a su pueblo. La propaganda difundida a sangre y fuego recuerda a la practicada por el partido nazi en los años treinta del pasado siglo o a la ejecutada por el también partido comunista de Josef Stalin, donde el culto a la personalidad ocupaba un papel primordial.

La sociedad internacional y, en especial, los vecinos de Corea del Norte, observan con cautela y preocupación los próximos acontecimientos que marcarán la transición del poder. China, uno de los pocos aliados con los que cuenta Pyongyang, junto con Rusia, ya ha dado el visto bueno al nuevo “dirigente” norcoreano, apostando así por mantener el statu quo y la estabilidad en la zona. Por su parte, Corea del Sur, Japón y Estados Unidos   no pierden la esperanza de que la nueva era suponga el abandono definitivo de la carrera nuclear norcoreana y se trabaje en una apertura progresiva que pueda acercarles a una posible reunificación de las dos Coreas.

Pero, ¿cuáles serán las intenciones del imberbe e inexperto Kim Jong-un? ¿Sabrá ganarse las lealtades de ese cementerio de elefantes que es la cúpula militar norcoreana, sin la cual le sería imposible proseguir con el legado iniciado por su abuelo? ¿Apostará por la apertura o seguirá enrocándose en la “política del búnker” condenando al ostracismo y la miseria a los veinticinco millones de norcoreanos?

Sea como fuere, en lo que coinciden los expertos es en que el joven Kim Jong-un no se hará cargo de forma inmediata del mando del país, sino que podrá tomarse unos años antes de afrontar la difícil tarea, eso si antes no se desata una lucha de poder en el seno del Ejército, principal valedor del gobierno de Pyongyang. Ahora, los adoctrinados norcoreanos, privados de tantas libertades básicas, acudirán mudos a un proceso en el que no tienen ni voz ni voto, a pesar de que de éste depende su propia supervivencia.

Corea del Norte, un pequeño país cuyo ejército es uno de los más poderosos del mundo, llora la muerte de Kim Jong-il, el cruel puño de hierro que ha gobernado el país y cuya obsesión por la seguridad militar y por los suministros energéticos para asegurar la supervivencia del régimen, que no la de su pueblo, han configurado al enano asiático como un extraño experimento político al borde de la miseria, pero eso sí, armado hasta los dientes.

Cómo será el futuro a medio plazo de Corea del Norte es aún una incógnita. Parece claro que la única vía rápida para salir de la pobreza es la de realizar concesiones en materia nuclear a cambio de alimentos y la promesa de no ser atacados por EE. UU. China también tendrá mucho que decir. Sin embargo, la opacidad política del país impide realizar previsiones más concretas. Por lo pronto, tan sólo podemos decir sin temor a equivocarnos: adiós Kim, hola Kim.

Algunas fuentes empleadas: @BBCWorld, @BrookingsInst, @rielcano, @CidobBarcelona, @FPenEspanol.

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