El círculo

La percha que vincularía una historia en apariencia de ciencia ficción con la política internacional podría ser el escritor (varias veces llevado al cine) de la novela en la que se basa el guion: Dave Eggers

Cartel película El Círculo

Título: The Circle (El círculo). Año: 2017 (Esatdos Unidos). Director: James Ponsoldt. Intérpretes: Emma Watson,  Tom Hanks,  John Boyega,  Karen Gillan,  Bill Paxton,  Patton Oswalt, Ellar Coltrane,  Ellen Wong,  Nate Corddry,  Jimmy Wong,  Poorna Jagannathan, Kelli Barksdale,  Allyson Nicole Jones,  Amir Talai,  Regina Saldivar

Cuando un periodista se enfrenta a una página en blanco sabiendo que el blog en el que hace casi cuatro años que, por diferentes motivos, no escribe trata sobre política internacional el principal problema es, sin duda, encontrar un tema para escribir. Y no porque haya pocos, sino por su abundancia. Además, en mi caso particular, confieso ser aquello de lo que acusaron a Eratóstenes mientras se afanaba en calcular la circunferencia de la Tierra allá por el siglo III a.C.: un estudioso diletante o, lo que es lo mismo, un aprendiz de todo y maestro de nada.

Pero el cine siempre me rescata del caos, en este caso a través de una película que he visto recientemente y que aúna casi todos los particulares que, de una u otra manera, he explorado durante mi carrera. El círculo es una película filosófica (soy titulado en este castigado saber); científica (en estos momentos estoy leyendo Una breve historia de casi todo, de Bill Bryson, aunque recomiendo encarecidamente otros dos títulos: Nikola Tesla. El genio al que le robaron la luz, de Margaret Cheney, e Inventar en el desierto. Tres historias de genios olvidados, de Miguel A. Delgado); tecnológica (últimamente me gano la vida como profesor, entre otras cosas, de multimedia, por lo que la inteligencia artificial o el Big Data me son familiares); y política (algo sobre lo que intento humildemente hablar en esta bitácora).

La percha que vincularía una historia en apariencia de ciencia ficción con la política internacional podría ser el escritor (varias veces llevado al cine) de la novela en la que se basa el guion: Dave Eggers, quien ya mostró su gusto por los mismos temas que recogemos aquí en What is the What. Sin embargo, en mis clases suelo mezclar para no caer en la monotonía exigida por el BOE tecnología con filosofía, ciencia con multimedia y, en definitiva, diferentes disciplinas que hagan notar al alumno que todo cuanto nos rodea está interconectado. Esta última idea, por abrir un paréntesis, se encuentra en el título mismo de la película así como en numerosas pinceladas a lo largo de la misma: todo empieza y acaba en el mismo sitio, todo cambia para volver al origen, todos estamos (o deberíamos estar) al tanto de lo que los demás hacen, todos debemos saber todo, todos debemos estar conectados, una mariposa bate sus alas en Madrid lo que deriva en un tornado en Pekín… Redes nodales, situaciones interconectadas, causas y efectos, cambio de sociedades, evolución, acción y reacción. La película mete todo esto en una coctelera, le añade un chorro de actores llamativos (Emma Watson, Tom Hanks); dos gotas de series actuales y brillantes (Black Mirror, Westworld, Mr. Robot); y una pizca de noticias recientes, lo agita durante casi dos horas y, sin que te des cuenta, sales del cine creyendo que has visto algo que es imposible que esté ocurriendo.

Sin embargo, son precisamente esas noticias actuales las que me sirven como ganchos para enlazar ­­­­la película con la política internacional. Podría empezar por una de las mil puertas de la trama (a partir de este momento existe peligro de spoiler) en las que una senadora estadounidense es oportunamente investigada por el FBI por oponerse al monopolio de la información que ejerce la empresa: me recordó a los famosos mails hackeados supuestamente por Rusia a Hillary Clinton y que pusieron en alerta a los federales favoreciendo colateralmente la campaña de Donald Trump durante las últimas elecciones presidenciales en Estados Unidos, algo que ha sido denunciado por los demócratas en varias ocasiones.

Se me vino también a la cabeza la ola de ciberataques, como el famoso WannaCry que dejó en fuera de juego a empresas de todo el mundo (Telefónica, Netflix), que ponen en entredicho no sólo la seguridad digital de dichas empresas, sino la nuestra propia al haberse demostrado la vulnerabilidad de redes eléctricas, gasísticas o nucleares conectadas a internet. EEUU acusa a China, los países que formaban la URSS a Rusia, el pueblo a sus Estados, los Estados a Anonymous… Hay dos cosas que parecen estar claras: primero, que existen múltiples intereses que no sabemos, aunque intuimos; segundo, que la ciberguerra es un concepto más antiguo de lo que parece.

Ejemplos de esta guerra digital los tenemos en casos como las filtraciones sobre las herramientas que usan las agencias estadounidenses para espiar las comunicaciones a través de cualquier tipo de dispositivo con el supuesto objetivo de parar el terrorismo internacional: Edward Snowden, quien defiende que por mucho que se vigile no es posible frenar el terrorismo, permanece aún como refugiado político en Rusia al enfrentarse a cargos de espionaje y traición en EEUU por revelar en The Guardian los métodos cibernéticos de espionaje de la NSA; y la CIA ha admitido como suyos, abriendo una investigación interna, los miles de documentos publicados recientemente por Wikileaks que avisan del pinchazo de esta agencia de aparatos digitales de toda índole, como smartphones, smart TV u ordenadores, y de marcas tan conocidas como Apple, Samsung, Google o Microsoft. Curiosamente, uno de los motivos a los que recurre el dueño de Círculo, Bailey (Tom Hanks), para sacar al mercado las omnipresentes minicámaras de vigilancia SeeChange o el temible localizador de personas en tiempo real SoulSearch es la prevención del terrorismo. Lo que me recuerda dos cosas: que tengo pendiente una crítica de El quinto poder y que he de releer 1984.

Una de las máximas que esgrimimos los que nos hemos dedicado al marketing online en algún momento, y que curiosamente nos cuesta tanto transmitir a aquellos que se convierten en nuestros alumnos, es que si algo es gratis el producto eres tú. Las empresas tecnológicas manejan una cantidad de datos sobre nosotros que no somos capaces de imaginar. Mark Zuckerberg, creador de Facebook, lo llamó el “grafo social”: en El círculo Bailey menciona en algún momento el concepto de “personalidad virtual”. No es de extrañar que el señor Zuckerberg, dueño de los datos de los casi 2.000 millones de personas que navegan por la famosa red social, comprara WhatsApp (1.200 millones de usuarios) por 22.000 millones de dólares, una aplicación que se descarga gratis.

Mis alumnos asumen entre dientes en los debates generados en clase que tras aceptar las infumables cláusulas que nos aparecen siempre que instalamos una aplicación en cualquiera de nuestros dispositivos móviles estamos regalando a la empresa propietaria acceso a información valiosa (mails, fotos, geolocalización, etc.). Pero no aceptan que, por ejemplo, los fabricantes de aparatos inteligentes puedan incluir en ellos sin consultarnos dispositivos espía y que esta práctica pueda ser considerada legal; o que determinados mecanismos instalados en nuestros familiares artilugios digitales (sensores de movimiento, giroscopios, cámaras, micrófonos, etc.) puedan recoger todo tipo de datos sobre nuestro comportamiento habitual. Somos una inagotable fuente comercializable de datos, somos Big Data. Algo que se acentúa si tocamos (aquí lo haré tangencialmente)  temas como el internet de las cosas (gafas, neveras, semáforos o ropa conectados a la Red) o la posibilidad de que las máquinas evolucionen hasta el punto de convertirse en inteligencias artificiales que predigan nuestras acciones y, por tanto, lleguen a ser más listas que nosotros mismos gracias a la información que de forma incontrolada donamos. Por si alguien se ha perdido y piensa que este artículo ha dejado a un lado la política internacional, tras el 11S la empresa Acxiom (Big Data) llamó a la Casa Blanca para venderle datos sobre los terroristas kamikazes: resultó que sabía más sobre los secuestradores que el propio Gobierno estadounidense.

Otra pregunta que me surgió cuando estaba viendo El círculo es hasta dónde llega el derecho a la información. Como periodista y curioso por naturaleza que soy mi estómago me pide saber todo de todo el mundo, pero mi cabeza me dice que tiene que haber un límite. Esta es probablemente la parte más conflictiva de la película y a la que continuamente se alude. ¿Qué pasa con la intimidad de aquellas personas que, sin haber hecho nada ilegal o incluso habiéndolo hecho, defienden su derecho al olvido en internet? Si las empresas que controlan toda la información digital de una persona física juegan a ser dioses omniscientes, ¿quién pone límites a un dios? El conocimiento absoluto deriva en el poder absoluto, la omnisciencia deriva en la omnipotencia y en el control absoluto del ciudadano, aunque rechace entregar su intimidad digital conscientemente. Es curioso que en uno de sus discursos Bailey defienda el uso de la tecnología para convertir al ser humano en un ser perfecto: pero sólo un dios puede ser perfecto. Introduzco, por supuesto, este párrafo a modo de didáctico inicio de debate ante mi incapacidad para encontrar una respuesta categórica.

Recuerdo una asignatura que cursé en el Máster de Relaciones Internacionales: Información y propaganda en los conflictos internacionales. En ella se nos contaba, sin caer en la teoría de la conspiración, cómo los gobiernos han mentido a sus pueblos y cómo han desinformado con datos falsos a los gobiernos de otras naciones; cómo contrainformar en tiempos bélicos, sea la guerra del tipo que sea; o cómo ocultar información deliberadamente incluso en tiempos de paz. Pero en aquella época aún estaban a la orden del día la radio, la televisión, la prensa escrita o los libros físicos, por lo menos para el profesor que nos impartió la materia (aunque reconozco que en alguna ocasión mencionó a la por entonces floreciente Wikileaks y su ya olvidado vídeo Collateral Murder). Hoy en día no es complicado confundir a la gente, incluso a la más docta. En la Edad Media el pueblo no sólo tenía vetada la información, sino la posibilidad misma de ser letrado: si alguien no sabe leer o, incluso, si sabe pero no entiende lo que lee y además no puede leer prácticamente nada de lo que se escribe es manipulable. En la era digital el camino es justo el opuesto: ofrécele a la gente el acceso a toda la información y, por muy culta que sea, tendrá difícil diferenciar entre lo que es información, lo que es conocimiento y lo que es sabiduría. En mis clases suelo hablar de infoxicación. Controla el flujo de información y lograrás controlar el mundo. Dos caminos opuestos que nacen y acaban en el mismo sitio: un círculo.

Durante la película se suele recurrir al palo y la zanahoria, a dar una de cal y otra de arena: lo bueno y lo malo de la tecnología. Puedo controlar a distancia las constantes vitales de una persona para mantener a raya una enfermedad degenerativa, pero también puedo convertir a cualquiera en objetivo número uno a derribar aunque quiera permanecer en el anonimato. Puedo implementar la democracia real (sea esta lo que sea) obligando a todos los ciudadanos a tener una identidad virtual y así acabar con los gobiernos totalitarios emulando digitalmente la Primavera Árabe, aunque suponga eliminar colateralmente el derecho a indignarse (un guiño al famoso libro de Stephane Hessel) o a rebelarse contra la dictadura de los monopolios, sin darme cuenta de que cualquier democracia real pasa primero por la educación real (otro guiño a José Luis Sampedro, autor del prólogo de la edición en castellano de ese libro).

Lo dejo aquí. Creo que ya son bastantes spoilers los que he hecho por los que pido las más sinceras disculpas. Por cierto, durante la redacción de este artículo he leído malas críticas sobre la película: desde mi punto de vista no es El padrino, pero recomiendo verla.

 

 

Comentario de Iván Sevilla.

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